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La noción de inconsciente en Freud y en micropsicoanálisis∗

Daniel Lysek.

La noción de inconsciente ha tenido un destino extraño. Ha comenzado provocando un escándalo filosófico y siendo despreciada por el mundo de la medicina, pero ha proseguido su camino hasta infiltrar todas las ciencias humanas. Convirtiéndose en el curso de unos decenios indispensable para la comprensión del psiquismo, ha acabado por difundirse tan ampliamente en la cultura que ahora forma parte del lenguaje corriente. Sin embargo su significado analítico sigue siendo prácticamente desconocido fuera de los círculos especializados e, incluso en éstos, su auténtico alcance está subestimado.

Freud escribía hacia finales del siglo pasado: “No puede haber consciente sin nivel anterior inconsciente, mientras que el inconsciente puede prescindir del nivel consciente y tener sin embargo un valor psíquico. El inconsciente es el psiquismo mismo y su realidad esencial.” (Freud, 1900). Estarán ustedes de acuerdo que había motivo suficiente para provocar una insurrección. Poniendo de manifiesto que la conciencia, hasta entonces considerada como lo psíquico en sí mismo, no es más que un elemento contingente, Freud ha sacado así desde el principio al inconsciente de la psicopatología donde su existencia habría sido más aceptable. Ahora bien, el inconsciente condiciona efectivamente nuestra vida normal, individual y social. La razón es simple: memoriza nuestras vivencias infantiles, y la manera cómo trata esas informaciones clave determina nuestros deseos y nuestras relaciones intra o interpersonales.

¿Por qué entonces tantos pensadores y tantos investigadores no le reconocen un alcance más que limitado? Puede ser por diversos motivos, por ejemplo la herida en el orgullo por el hecho de perder la conciencia del propio poder, o también por la resistencia a la toma de conciencia de la sexualidad infantil reprimida. Pero también hay que reconocer que el estudio del inconsciente presenta varias dificultades metodológicas:

Los contenidos del inconsciente que están gobernados por leyes propias, incompatibles con las de organizaciones más evolucionadas, se expresan solamente después de haber sufrido una transformación, incluso una transmutación. Estas ramificaciones infiltradas en el discurso, el comportamiento o lo somático, proporcionan realmente testimonios fiables acerca de lo que pasa a nivel inconsciente, pero se trata siempre de pruebas indirectas.
El inconsciente es una organización psíquica mucho más arcaica que el pensamiento sofisticado con el que debe de ser formulada una teoría científica. En particular, la lógica matemática no existe a su nivel, de manera que su estudio excluye toda cuantificación directa (la que utiliza por ejemplo la psicología experimental).
No existe más que un solo método para estudiar científicamente el inconsciente, la técnica asociativa aplicada en el marco específico del contexto psicoanalítico. Así, un discurso sobre el inconsciente que no proceda directamente de la experiencia psicoanalítica es a considerar con precaución, lo que irrita a más de un científico.
En psicoanálisis, el método experimental y la práctica clínica se superponen totalmente. El analista asume una responsabilidad humana instaurando un proceso analítico, ya que desarrolla un potente dinamismo transferencial y elaborativo; el analizado debe evidentemente beneficiarse de este trabajo y en ningún caso servir de cobaya; ahora bien, esto condena la investigación pura.
Han aparecido numerosas diferencias analíticas a lo largo de los años. Aunque todas tienen como denominador común el método asociativo, sin embargo se diferencian en la manera en que lo aplican, lo que modifica en parte los datos recogidos. Por ejemplo, las observaciones diferirán si se efectúan 3-4 sesiones semanales de 10 à 20 minutos (norma lacaniana), o 5-6 sesiones semanales de 2 à 4 horas (norma micropsicoanalítica).
A causa de estas particularidades epistemológicas, los instrumentos conceptuales que dan cuenta de las observaciones analíticas, varían de una escuela a otra. Como se trata siempre de modelos, cada movimiento tiende a desarrollar su propia visión de los fenómenos inconscientes y a crear su propia terminología para describirlos. Entre los diferentes modelos que coexisten actualmente, ninguno a logrado imponerse definitivamente sobre el otro, puesto que, dependiendo de las referencias privilegiadas, uno describe mejor que otro determinados aspectos de la realidad inconsciente1.
Discutir aquí todas las teorizaciones del inconsciente sobrepasaría ampliamente el marco de este artículo2 y por eso yo me ocuparé solamente de dos. Primero de la de Freud, modelo fundador que explica el inconsciente a través de la metáfora de un aparato psíquico y al que todos los analistas se refieren de una manera o de otra; después de la del micropsicoanálisis, cuyo modelo reformula las adquisiciones freudianas según datos energéticos y cibernéticos más recientes, abriéndose así hacia una mejor comprensión del inconsciente en su dimensión psicobiológica.

I) EL INCONSCIENTE DESDE EL PUNTO DE VISTA FREUDIANO

Freud ha descubierto el inconsciente tratando de explicar la histeria. Cuando utilizaba aún la hipnosis, se había dado cuenta, gracias a J.M.Charcot y a M.Bernheim, que las disfunciones somáticas de los histéricos (parálisis, dolores…) no correspondían a áreas de inervación, sino a representaciones inconscientes del cuerpo. Aplicando el método asociativo, ve que estas representaciones proceden de la sexualidad infantil, que han sido sustraído por razones defensivas del campo de la conciencia y que se exteriorizan transformándose en síntomas. Comprende inmediatamente que ha descubierto la etiología y la patología de la histeria. Examinando los demás cuadros clínicos, extiende el alcance de su descubrimiento. Todas las neurosis tienen un sentido. Lejos de traducir una debilidad constitucional o una degeneración, como se admitía hasta entonces, su sintomatología expresa vivencias traumáticas enclavadas en una estructura arcaica regida por sus propias leyes: el inconsciente.3
Freud ha abierto así la vía de una comprensión dinámica del inconsciente. Superando numerosos trabajos que, antes que él habían postulado la existencia de un psiquismo no consciente, pone en evidencia las fuerzas que lo crean. A partir de ahí, puede describir sus contenidos, su organización interna, su modo de funcionamiento… Pero tiene sobre todo la ambición de edificar una teoría global del psiquismo. Podrá poner la primera piedra después de haber podido interpretar los sueños, los actos fallidos, los lapsus, las producciones mitológicas y artísticas. De hecho, su estudio no deja ninguna duda: el inconsciente es un constituyente normal y universal del psiquismo cuya existencia y función hay que explicarla en el ámbito de una nueva psicología. Para hacer esto, Freud se desmarca de la metafísica e, inspirándose en sus conocimientos de fisiología, elabora un modelo al que denomina aparato psíquico y lo presenta en la Traumdeutung4 1900.

El aparato psíquico

Como lo señalan J. Laplanche y J:B: Pontalis (1973), este término “subraya ciertos caracteres que la teoría freudiana atribuye al psiquismo: su capacidad de transcribir y transformar una energía determinada y su diferenciación en sistemas e instancias.” Dicho de otra forma, la noción de aparato psíquico hace referencia a una doble metáfora espacial y mecánica. Desde el punto de vista espacial considera que el psiquismo comprende tres entidades distintas que forman una especie de localidades psíquicas: El inconsciente, el preconsciente y el consciente. Cada localidad se distingue por la accesibilidad a la conciencia de lo que contiene: los contenidos del inconsciente están definitivamente sustraídos a la conciencia, los del preconsciente pueden llegar a ser conscientes, los últimos ocupan la conciencia. Pero el aparato psíquico trata sobre todo de separar diferencias funcionales en el seno del psiquismo. De donde la segunda metáfora, que lo compara a un dispositivo mecánico en el que cada localidad forma un sistema particular.

Desde este punto de vista, Freud parte de un postulado fundamental: el psiquismo comparte con el conjunto de los seres vivientes la característica de ser excitable y de deber, a pesar de un aflujo incesante de excitaciones, mantener constante su medio interior. Cree entonces que el aparato psíquico funciona como un sistema reflejo que recibe excitaciones por su extremidad sensitiva y las descarga por su terminación motriz5. Tomemos un ejemplo del funcionamiento del aparato psíquico según el esquema del reflejo. Nuestra memoria inconsciente, que proviene de vivencias y de percepciones infantiles, está constantemente reactivada a lo largo de la existencia. La excitación reactivante provoca un aumento de tensión en el inconsciente que descarga este exceso de tensión en el preconsciente o en el cuerpo.

La noción de aparato psíquico se ha impuesto porque muestra de manera accesible la estructura y el funcionamiento del psiquismo. Explica porque los síntomas neuróticos son vías de desahogo de las vivencias traumáticas memorizadas en el inconsciente. Permite situar claramente muchos datos de observación ( por ejemplo, las representaciones reprimidas en el sistema inconsciente); las hace comprensibles con respecto a un determinado modo de funcionamiento ( así, los fenómenos inconscientes responden al proceso primario, los del preconsciente o del consciente al proceso secundario); visualiza el juego de fuerzas que se aplican en los sistemas (como lo atestigua el ejemplo de la excitación reactivante)… Esta noción ha inaugurado la metapsicología, que consiste en especificar un fenómeno psíquico en cuanto a su origen ( = punto de vista genético), a su situación( = punto de visa tópico), a las fuerzas en juego ( = punto de vista dinámico) y a su gestión energética ( = punto de vista económico). Sin embargo, hoy día, el modelo de un aparato psíquico merece ser discutido.

Primero, la experiencia acumulada muestra que el funcionamiento psíquico es mucho más complejo que el ciclo excitación / descarga previsto por el esquema del reflejo. Por ejemplo, este modelo no es válido para conceptuar la elaboración y la deformación que sufren los elementos inconscientes antes de poder inscribirse en el preconsciente o verter su carga energética en la motricidad corporal.

Después, el aparato psíquico es un modelo mecanicista que coloca los procesos psíquicos en una perspectiva estrictamente determinista: hecho para aclarar la causalidad inconsciente (el efecto del inconsciente en los otros sistemas), no se adecua para dejar un lugar a los fenómenos aleatorios y a la parte de indeterminismo que el azar trae al psiquismo.

Además, este modelo tampoco es adecuado cuando se intenta articular la teoría del inconsciente con la de las pulsiones. Volveremos sobre ello, pero estas son consideraciones que se ya pueden hacer de momento. La pulsión es para Freud un concepto límite entre el psiquismo y lo somático: análogo antropológico del instinto que mueve a los animales, está anclada en lo biológico; no hace más que transmitir excitaciones a lo psíquico, por medio de los representantes pulsionales, una especie de delegados de lo somático en el campo psíquico. En lo que respecta al inconsciente freudiano, se compone precisamente de estos representantes pulsionales (representaciones y quantum de afecto) que van a cargar huellas mnémicas. Pero el aparato psíquico no permite precisar lo que pasa entre lo somático y lo psíquico, entre la experiencia corporal (la fuente pulsional) y su inscripción psíquica (bajo forma de representación y de afecto).

Asimismo, este modelo no es preciso en lo que se refiere a la naturaleza y al origen de las excitaciones. Según el esquema del reflejo, ¿a qué corresponde la excitación recibida: a una sensación, y por lo tanto a un fenómeno somático, o a una percepción y por lo tanto a un fenómeno psicobiológico que implica el conocimiento consciente? ¿ Una moción pulsional debe de ser percibida o sentida para dar lugar a una carga que acaba de excitar lo psíquico?

Y finalmente el aparato psíquico no es adecuado para dar cuenta de las interacciones somatopsíquicas y psicosomáticas. Por un lado, los representantes pulsionales tienen una autonomía total en el inconsciente y están desde entonces completamente desligados de todo sustrato corporal. Por otro lado, el aparato psíquico utiliza la motricidad como vía de descarga tensional, pero este mecanismo tiene por única explicación la formación del síntoma histérico; ahora bien, la conversión histérica se hace según una representación simbólica del cuerpo, por lo tanto según una función puramente psíquica.

Hechas estas reservas, subrayemos que la noción de aparato psíquico sigue siendo necesaria en psicoanálisis. Todo muestra efectivamente que el psiquismo se compone de estructuras cuya disposición responde a una finalidad económico-dinámica. Se trata simplemente de modificar la formulación cuando ya no de la impresión de adaptarse a la realidad. En este sentido, la misma concepción freudiana de las localidades psíquicas ha evolucionado hacia un modelo menos mecanicista y más antropomórfico. En 1923, Freud a subdividido el aparato psíquico en instancias (esquemáticamente el ello, el yo y el superyó) que añade a los sistemas precedentes. Aunque se le llame actualmente primera tópica a la sistematización de 1900 y segunda tópica a la de 1923. La última no ha suplantado a la primera sino que se superpone a ella, en particular para precisar la estructura interna del inconsciente mismo y la diversidad de los dinamismos que en él tienen lugar.

El inconsciente en la primera tópica

La primera tópica imagina “un aparato psíquico subdividido en: inconsciente – primera censura – preconsciente –segunda censura – consciente” (Fanti, 1983). Cada una de estas entidades forma un sistema que responde a una función precisa. Lo hemos visto, la memoria es una de las primeras funciones sobre la que el enfoque analítico ha proporcionado observaciones originales. Por una parte el psicoanálisis explica la amnesia infantil (es decir, el olvido de casi todas las vivencias de la primera infancia): como lo atestiguan las rememoraciones que suceden gracias al trabajo analítico, esta amnesia no resulta de un defecto de inscripción o de un borrado progresivo; al contrario, es debida a un mecanismo activo y finalizado - la represión – que enclava y disimula en el inconsciente las vivencias infantiles. La primera tópica reduce ésta a modelo haciendo del inconsciente nuestro soporte mnémico fundamental, el que almacena las representaciones infantiles con una determinada carga (quantum de afecto). Por otra parte, el psicoanálisis muestra que la memoria inconsciente, lejos de ser un simple depósito estático, forma un sistema mnémico complejo cuyas entidades están asociadas una a otras según una lógica diferente de la que rige nuestros recuerdos conscientes. La primera tópica distingue pues dos sistemas mnémicos que funcionan de manera distinta: el inconsciente cuyos recuerdos, salidos de la represión, son regidos por el proceso primario6 y son inaccesibles en ese estado; el preconsciente cuyos recuerdos están organizados según el proceso secundario7 y de donde la conciencia puede extraerlos con relativa libertad según las necesidades del momento.

Este modelo explica igualmente la subjetividad de nuestra memoria consciente. Dado que el aparato psíquico está animado por un flujo que va del inconsciente al consciente, los derivados del inconsciente infiltran el preconsciente en permanencia. Nuestros recuerdos conscientes, extraídos del almacén preconsciente, están pues contaminados y remodelados por nuestra memoria inconsciente cuyo reloj se ha parado antes del séptimo año.

La cuestión de la memoria desemboca en otra gran función psíquica cuya comprensión ha revolucionado el psicoanálisis. Se trata de la representación. La innovación psicoanalítica consiste en esto: más allá de la evocación subjetiva de un objeto tal como la concebía la filosofía y la psicología de la época, la representación se refiere ante todo a un dinamismo pulsional cuyas características se inscriben por medio de ella en el inconsciente; la representación es una señal que conduce a la erogeneidad y a la agresividad infantiles, es la unidad de memoria de una vivencia en la cual el niño ha sido sumergido por sus pulsiones sexuales y agresivas.

Con la representación como memoria de la pulsionalidad infantil, el psicoanálisis explica de manera dinámica el poblamiento progresivo del inconsciente. Parémonos pues un instante en la génesis y la evolución de los componentes del inconsciente.


Contenidos del inconsciente

El inconsciente, tal como está considerado en la primera tópica, está constituido esencialmente por representaciones reprimidas durante el desarrollo psicosexual. La vida psíquica del niño está impulsada por experiencias pulsionales que desencadenan la represión cuando son particularmente intensas, repetitivas y sobre todo conflictivas. Así se memorizan sus características cuantitativas y cualitativas. De esta fijación en el inconsciente llamada represión originaria derivan directamente cuatro fenómenos:

a) La experiencia pulsional adquiere una existencia psíquica, pues a partir de ahí se encuentra representada en el inconsciente.

b) La representación propiamente dicha y la carga afectiva de esta experiencia están disociadas y tendrán un destino independiente. Par Freud, solamente la representación está reprimida, el afecto, separado de su representación, puede cargar otra representación, (por ejemplo cuando se llora por una cosa insignificante), transformarse (en angustia por ejemplo), o convertirse corporalmente (como en la histeria). En el inconsciente el afecto es un puro factor cuantitativo que Freud denomina quantum de afecto o suma de excitación8.

c) Lo reprimido constituye un polo de atracción para representaciones que contienen experiencias ulteriores pero que el sujeto asocia a las que han sido originariamente reprimidas. Esta represión posterior aglutina en un conjunto la memoria de diferentes experiencias pulsionales para formar un complejo inconsciente (como el complejo de Edipo).

d) En tanto que asiento de una sobrecarga tensional, la represión debe absolutamente encontrar una vía de descarga. Su contenido resurgirá pues de una manera u otra, es el retorno de lo reprimido.

Resumiendo, los componentes fundamentales del inconsciente son las representaciones reprimidas a lo largo de la historia del sujeto. Memorizan las características de experiencias pulsionales y están más o menos cargadas energéticamente. Esta carga las someta a una dinámica: se organizan en complejos de los cuales emergen los contenidos más elaborados del inconsciente: los deseos, las defensas y los fantasmas.

Economía del inconsciente

El punto de vista económico se refiere a la energía en juego en los fenómenos inconscientes. Trata de precisar el origen, los movimientos y las transformaciones de esta energía (por ejemplo Freud postula la existencia de una energía específica, que llama libido, cuyos avatares explican las múltiples expresiones psíquicas de la sexualidad). Dentro de lo posible, el punto de vista económico trata igualmente de cuantificar la energía psíquica, es decir, de “medir” el nivel de tensión en esta o aquella estructura. Se trata, por supuesto, de una evaluación relativa, fundada sobre analogías. La noción de carga traduce este intento de cuantificación. Esta especifica el estado tensional de una estructura: cuando todo indica que una entidad está cargada energéticamente, se le denomina cargada. Siguiendo los movimientos de carga, se constata que las entidades pueden estar descargadas, recargadas o sobrecargadas. La economía inconsciente se caracteriza pues por una gran movilidad energética, de la que da cuenta la noción de energía libre.

Sobre estas bases, resulta fácil concebir que la libre circulación energética en el seno del inconsciente se adapte a dos grandes principios que derivan uno del otro:

a) El principio de constancia, según el cual el nivel tensional del inconsciente tiende a mantenerse a un punto fisiológico estable; por lo tanto es el equivalente psíquico del principio biológico de homeostasis.

b) El principio de placer, corolario del precedente, según el cual debe de prevenirse todo aumento de tensión o, al menos, bajarla rápidamente para restablecer la constancia; este principio hay que comprenderlo en un sentido puramente económico pues, a nivel inconsciente, el placer / displacer no tiene ninguna tonalidad cualitativa: el displacer corresponde a un aumento de tensión y el placer a una disminución. La coloración afectiva y la subjetividad de la escala desplacer / placer se adquiere en el preconsciente9.

Dinámica del inconsciente

Comprende todo lo que tiene que ver con las fuerzas en juego en los procesos inconscientes. El punto de vista dinámico se refiere no solamente a las fuerzas que existen en el inconsciente, sino también a las que se ejercen sobre él (en particular las de origen pulsional) y a las que él ejerce sobre otros sistemas. Se puede englobar ahí también su modo de funcionamiento y las propiedades particulares que de ahí se derivan. Por último, y este es el centro de la investigación analítica, la dinámica inconsciente culmina en la génesis de los deseos y de los mecanismos de defensa cuyo encuentro produce los conflictos psíquicos. Estas formaciones serán ampliamente detalladas más tarde (Cf. Redefinición micropsicoanalítica del inconsciente). Ahora se trata de describir el funcionamiento y las propiedades del inconsciente.

La dinámica del inconsciente está regida por el principio de placer y la energía libre que dictan a todo el sistema un modo de funcionamiento específico: el proceso primario. Este se caracteriza por el hecho de que la carga goza de una total libertad de desplazarse de una entidad a otra según el principio de placer y a condensarse sobre una de ellas. Desplazamiento y condensación constituyen los mecanismos elementales del inconsciente. Estos entran precisamente como elementos de base, en los mecanismos inconscientes más elaborados – la represión, la proyección y la identificación- que ultiman la dinámica inconsciente.
Los fenómenos que se efectúan según el proceso primario ignoran el tiempo y el espacio tal como nuestra conciencia los percibe o los mide. Por ejemplo, una vivencia infantil memorizada en un complejo inconsciente subsiste durante toda la existencia y tiene un carácter totalmente actual cuando se encuentra cargada en el adulto. Además, los dinamismos inconscientes no obedecen a ninguna ley gramatical, sintáctica o matemática; a diferencia de nuestro intelecto y de nuestro pensamiento racional, el inconsciente no tiene la posibilidad de tener grados de certeza, no excluye los contrarios, no conoce la negación y admite todas las contradicciones. Por ejemplo, los dinamismos de fusión sexual coexisten con los dinamismos de separación agresiva ( la ambivalencia no es en absoluto contradictoria a nivel del proceso primario, sin embargo lo es en los niveles superiores, lo que provoca, por ejemplo la duda patológica del obsesivo), asimismo, en el inconsciente las representaciones fálicas conviven con las representaciones de castración sin anularse.

En presencia de propiedades tan arcaicas y de la libre circulación energética, se podría pensar que la dinámica del inconsciente es totalmente caótica. Sin embargo se sabe que en el inconsciente se forman estructuras estables y que perduran ( por ejemplo el complejo de Edipo). Esto se explica gracias a las fijaciones de la represión: estas forman embriones de estructura, que son polos de atracción energética y que obligan a la dinámica inconsciente a desplazamientos y condensaciones no aleatorias. La atracción operada por la represión tendrá una doble consecuencia. Por una parte tiende a aglomerar nuevas entidades a lo que ya está reprimido, por lo tanto a impulsar la estructuración del inconsciente hasta la complejidad que conocemos. Por otra parte ocasiona una sobrecarga tensional en el seno de lo reprimido. Dado que esta tensión debe imperiosamente rebajarse, suscita un dinamismo de descarga que también está determinado, ya que pasa a través de la elaboración de estructuras derivadas de lo reprimido que se convierten, por desplazamiento, en portadoras de la tensión que hay que rebajar. Este dinamismo combina todos los mecanismos del proceso primario y por lo tanto ha sido denominado elaboración primaria.

Clásicamente se dice que la represión se elabora hasta formar derivados suficientemente deformados como para poder pasar de incógnito a través de la censura y verterse en el preconsciente o en la motricidad corporal. Efectivamente, el fenómeno parece desarrollarse así. Pero está ciertamente más próximo de la realidad energética el suponer que la dinámica elaborativa transmite solamente informaciones (bajo forma energética) a formaciones preconscientes preexistentes, porque hay una compatibilidad estructural entre éstas y lo reprimido. Esta compatibilidad permite a las formaciones preconscientes entrar en resonancia con lo reprimido, remodelarse a su imagen para expresarlo y disminuir su sobrecarga tensional. Así, el particular valor que adquieren las especifica como ramificaciones del inconsciente. De paso se puede señalar que la verbalización asociativa selecciona precisamente las ramificaciones del inconsciente, las conecta entre ellas, las transforma en palabras y hace resonar lo reprimido que allí ha tomado cuerpo; así, de eco en eco, el inconsciente acaba por desvelarse.

El preconsciente y el consciente

Aunque el preconsciente y el consciente se distinguen uno del otro en muchos aspectos que abordaré ulteriormente, la primera tópica subraya sobre todo la fractura radical entre ellos y el inconsciente. Contrariamente a éste último, el preconsciente y el consciente están los dos regidos por el principio de realidad y funcionan según el proceso secundario. Esta es la razón por la que a menudo se considera que forman un solo bloque funcional, el preconsciente-consciente.

El principio de realidad es una sofisticación evolutiva del principio de placer. No impone una bajada de tensión fuerte e inmediata, pero permite diferir la descarga de manera que ésta se pueda adaptar al mundo exterior, aún a riesgo de tomar caminos tortuosos. Desde el punto de vista económico, esto implica que, en el preconsciente, la circulación energética no se hace libremente. Se trata de una energía ligada.

El proceso secundario deriva naturalmente del principio que gobierna el preconsciente-consciente y de la ligazón energética que allí se efectúa. Corresponde a lo que nosotros percibimos intuitivamente e inmediatamente de nuestros procesos mentales: facultad de razonar, consideración de la espacio-temporalidad, adecuación a las leyes físicas y biológicas, conformidad a las reglas gramaticales, sintácticas y matemáticas, y por último control del pensamiento y de la motricidad en función de estas leyes y reglas.

Quisiera aún añadir, pues veremos la importancia en el modelo micropsicoanalítico, que las características funcionales del preconsciente-consciente (principio de realidad, energía ligada, proceso secundario) empiezan a tener correspondientes en la microanatomía y la fisiología del sistema nervioso central. Parece incluso que esas nociones analíticas pronto podrán expresarse igualmente en términos de circuitos neuronales, áreas de asociación, neurotransmisores y de bioelectricidad10.

Diferencia entre preconsciente y consciente

El preconsciente se distingue del consciente por el hecho de que es un sistema mnémico. Comprende todo lo que se puede representar conscientemente y evocar a voluntad: recuerdos, pensamientos, sentimientos, emociones, conocimientos y adquisiciones culturales. Contrariamente a lo reprimido, los contenidos preconscientes están regidos por el principio de realidad y están organizados según el proceso secundario (como cualquier buen sistema de archivos). Pero, cuando una formación del preconsciente entra en resonancia con un contenido reprimido que efectúa su retorno, puede ser contaminada por el proceso primario y el principio de placer. Entonces, adquiere el valor de ramificación del inconsciente. Como ejemplos, citemos los pensamientos que alimentan las ensoñaciones, las creaciones artísticas, los rituales obsesivos o los actos fallidos. Aunque los contenidos preconscientes estén normalmente a disposición de la conciencia, algunas ramificaciones del inconsciente pueden estar momentáneamente bloqueadas: es lo que sucede en los olvidos que componen la psicopatología de la vida cotidiana.

Para Freud las representaciones preconscientes se forman a partir de percepciones auditivas o, por lo menos, en interacción con la adquisición del lenguaje articulado. Las denomina representaciones de palabra para distinguirlas de las representaciones de cosa que pueblan el inconsciente y que provendrían de experiencias visuales. En realidad, la práctica enseña que todas las representaciones pueden originarse de cualquier vivencia sensorial. Sin embargo vale la pena conservar la distinción representación de cosa / representación de palabra porque la experiencia analítica confirma que existen dos tipos de memoria psíquica. El inconsciente, que no conoce el lenguaje verbal, memoriza de manera bruta experiencias pulsionales y su contexto, mientras que el preconsciente les da un índice de cualidad suplementaria ligándolas a significantes lingüísticos. Es pues una memoria jerárquicamente más evolucionada, más discriminativa. Es determinante en el proceso analítico ya que el analizado reconstruye, por medio de la verbalización asociativa, los hilos de su historia infantil que la represión ha roto. A lo largo de la existencia, numerosos recuerdos preconscientes entran en resonancia con lo reprimido y han sido desconectados de los significantes lingüísticos que les correspondían. Las asociaciones libres permiten precisamente poner en pensamiento y en palabras las vivencias de las cuales el preconsciente guarda el recuerdo sin poder darles un sentido: la palabra encuentra su cosa, según la expresión clásica.

En lo que respecta al consciente, se trata de un dispositivo periférico del aparato psíquico, capaz de recoger informaciones del mundo exterior, del cuerpo, y de los sistemas mnémicos del preconsciente. Constituye un “órgano de los sentidos” vuelto a la vez hacia el interior y el exterior del aparato psíquico. Freud lo nombra también sistema percepción-consciencia. No almacena ningún contenido y, una vez que su atención se desplaza, no guarda ningún resto de lo que acaba de ocuparlo. No constituye pues un objeto de estudio en sí para el psicoanálisis, que tendría menos que decir de él que la filosofía o la neurofisiología.

La censuras

El paso del inconsciente al preconsciente y después al consciente está regulado por un dispositivo de filtrado que explica los disfraces y las lagunas encontradas en el material analítico y en el discurso en general. La primera censura se encuentra entre el inconsciente y el preconsciente. Bloquea los contenidos reprimidos que tienden a hacer su retorno, o los deforma y los corrige antes de autorizarles la entrada en el preconsciente. La segunda censura se sitúa entre el preconsciente y el consciente. Está al servicio de la atención consciente y del pensamiento racional. Esencialmente selectiva, de lo almacenado en la memoria del preconsciente no deja emerger más que los elementos necesarios para las actividades superiores. La regla fundamental del análisis tiene como objetivo el disminuir su actividad, ya que la atenuación de la segunda censura permite a las asociaciones libres desarrollarse y a las ramificaciones del inconsciente salir al exterior.

Si en la práctica la noción de censura resulta fácil de utilizar, ésta resulta problemática a la hora de hacer una teoría general del inconsciente. En efecto, abarca de manera a veces contradictoria funciones que encuentran un soporte más preciso en la represión y las defensas. Este defecto es por otra parte inherente a la primera tópica, como lo veremos ahora. Pero el lector que desee antes hacerse una idea sintética de la primera tópica puede encontrar un resumen de ella en la primera tabla.

 

Tabla 1
Los sistemas de la primera tópica

Contenidos
Propiedades
Función

Inconsciente
Representación de cosa
Quantum de afecto
Deseos
Defensas

= lo reprimido
Principio de placer
Libertad energética
Proceso primario
Ignora el espacio-
tiempo, las reglas gramaticales, sintácticas y matemáticas
Memoria infantil y ancestral
Almacena y trasmite las
Informaciones concernientes al dinamismo pulsional, a las experiencias de satisfacción o de frustración y a sus objetos

Primera censura
Bloquea + deforma

 

Preconsciente
Representaciones de palabra
Ramificaciones del inconsciente
Retorno de lo reprimido
Pensamientos, emociones. sentimientos
Recuerdos evocables
Adquisiciones culturales
Principio de realidad
Ligazón energética
Proceso secundario
Tiene en cuenta el espacio-tiempo, las reglas gramaticales, sintácticas y matemáticas
Tiende a eliminar las contradicciones
Memoria de la segunda infancia y adulta
Reorganización lógica de las ramificaciones del inconsciente y de los contenidos del retorno de lo reprimido
Lenguaje articulado
Mecanismos de adaptación a la realidad
Control de la motricidad

Segunda censura
Selecciona

Consciente
Ningún contenido permanente
Igual a las del preconsciente
Percepción
Coger de los almacenes mnémicos del preconsciente
Expresión verbal y motriz

Insuficiencias de la primera tópica

Como la noción de aparato psíquico de la que forma parte, la primera tópica resulta útil para una comprensión esquemática de los fenómenos psíquicos, pero tiene varios defectos conceptuales. El más importante se refiere a la represión. Aunque coloca correctamente a la represión (en el inconsciente), muestra sus límites cuando se trata de situar el polo donde actúa la represión y las defensas inconscientes.

Dicho de forma escueta, según la primera tópica el inconsciente funciona como un bloque monolítico porque lo asimila a lo reprimido. El problema de esta falta de matices se presenta cuando uno se pregunta de donde proviene la represión. Ya que la represión constituye el inconsciente, se podría considerar el preconsciente-consciente como el polo donde actúa la represión, pero esto sería falsear los hechos. Estos enseñan sin ambigüedad que el inconsciente existe antes del preconsciente, que la represión es un mecanismo puramente inconsciente (como las defensas en general) y que los conflictos psíquicos no resultan simplemente de una resistencia del preconsciente-consciente a la emergencia de lo reprimido. Es preciso pues determinar en el inconsciente mismo un soporte para la represión y los mecanismos de defensa. Ahora bien, la primera tópica se presta difícilmente para esto.

Además, no explica como se constituyen, en el seno del inconsciente, las estructuras diferenciadas que sostienen la personalidad del sujeto y no es adecuada para aclarar las oposiciones entre esas estructuras. Por ejemplo, la práctica hace ver claramente que el sujeto se forja por identificación y que el inconsciente es el depositario de esas identificaciones. La primera tópica no da cuenta ni de su organización específica ni de su dinámica conflictiva.

Edipo-castración es otro ejemplo. Consiste en deseos reprimidos contra los cuales se levantan tabúes filogenéticos así como miedos y prohibiciones que provienen de la primera infancia. Todos esos componentes están profundamente anclados en el inconsciente pero, si la primera tópica sitúa claramente a los deseos edípicos en la represión, no dispone más que de la censura para albergar los factores de prohibición y de inhibición que se oponen a ellos. Y la censura no es una estructura del inconsciente.

Está claro que además de las imprecisiones con respecto a la represión, las insuficiencias de la primera tópica se extienden a la cuestión del yo y a las formaciones que de él se derivan. Desde 1910, Freud empieza efectivamente a determinar su papel en la constitución de la personalidad inconsciente y en el funcionamiento del sujeto11. Pero no lo tiene en cuenta en su artículo clave, El inconsciente (1915), y no revisará su tópica hasta haber publicado su nueva teoría de las pulsiones (1920).

El inconsciente en la segunda tópica

Elaborada para dar a los mecanismos de defensa, a la relación de objeto y a las identificaciones el lugar que merecen en el inconsciente, la segunda tópica atenúa el aspecto mecanicista del aparato psíquico (Freud, 1923). En este nuevo modelo, el psiquismo está subdividido metafóricamente en instancias: el ello, el yo, el yo ideal, el ideal del yo y el superyó. Cada instancia forma una especie de organismo administrativo, respondiendo a una jurisdicción particular y detentando el poder de aplicarla (poder relativo pues cada instancia tiende a imponer el suyo). Los pensamientos, los sentimientos, y las conductas del sujeto se explican desde entonces como la expresión más o menos sintética de las diferentes organizaciones representacionales-afectivas que definen las instancias.

¿Qué le sucede al inconsciente con la aparición de la segunda tópica? Freud se desinteresa de su aspecto sistémico para considerarlo como un nivel de las instancias. Si un fenómeno psíquico se desarrolla según el principio de placer y el proceso primario, está a nivel inconsciente; si obedece al principio de realidad y al proceso secundario, pertenece al preconsciente-consciente. Mientras que los fenómenos tengan lugar en el ello son siempre totalmente inconscientes, los del yo y del superyó pueden situarse a dos niveles: en su mayoría tienen lugar a nivel del inconsciente y obedecen a sus leyes, pero una minoría de ellos participa del preconsciente-consciente. La dimensión inconsciente de las instancias es esencialmente la que nos interesa aquí.

El ello

En realidad fue G. Groddeck (1923) quien ha introducido esta noción. Veía en el ello una especie de factótum psicobiológico, un impalpable agente primario que determinaría, en último análisis, tanto lo biológico como lo psíquico. Aunque las intuiciones de Groddeck le interesaron a Freud, éste no ha podido aceptar su aspecto demasiado especulativo, incluso metafísico. En el pensamiento freudiano, el ello es una instancia puramente psíquica, a la cual se le atribuyen simplemente las características del sistema inconsciente.

Es una pena que Freud no se haya atrevido a ir más allá en el campo psicobiológico, pues habría podido utilizar el ello para articular mejor el aparato psíquico con el sistema pulsional y clarificar así la génesis económico-dinámica de los deseos inconscientes12. Al revés de lo pretendido, el ello freudiano al final desentona en la coherencia interna del modelo metapsicológico: es “caótico”, mientras que una instancia es por definición organizada, y contiene deseos tan estables y duraderos que estructuran toda la existencia13.

De hecho, el psicoanálisis contemporáneo parece mostrar desinterés por el ello. El micropsicoanálisis es la excepción en esta tendencia actual a desvalorizarlo. Al entroncar la metapsicología freudiana con un modelo energético, el ello se convierte en un concepto operacional distinto del inconsciente y del sistema pulsional (Cf. El inconsciente desde el punto de vista micropsicoanalítico).

El yo

Clásicamente es una instancia mediadora entre las exigencias de satisfacción pulsional provenientes del ello y las prohibiciones del superyó. Asegura la homeostasis tensional del psiquismo, haciendo todo lo posible para prevenir un aumento de angustia o de culpabilidad. Para conseguirlo, debe de equilibrar las incompatibilidades entre los deseos inconscientes y los imperativos superyoicos que se oponen a ellos. Dado que tiene las riendas del pensamiento, de la afectividad y de la motricidad corporal, utiliza estas actividades para realizar los deseos inconscientes de manera camuflada: acciona mecanismos de defensa que controlan estrechamente la realización de deseos. Esta acción defensiva conduce, a nivel del preconsciente-consciente o de la acción, a la formación de compromiso que tiene como objeto satisfacer todas las partes14. Cuando funciona de forma óptima, el yo llega a compatibilizar bien deseos y defensas; entonces forma compromisos armoniosos: por un lado sus formaciones de compromiso respetan tanto la necesidad de realización pulsional de los deseos como las prohibiciones superyoicas, por otro están de acuerdo con el proceso secundario y la realidad externa. En la práctica, la urgencia de la angustia infantil le impulsa a menudo a tomar soluciones inadaptadas. Sus compromisos ulteriores se desarrollarán entonces según un precario equilibrio tensional inconsciente en detrimento de la adaptación al proceso secundario y al mundo exterior; es la neurosis, con su cortejo de síntomas más o menos graves.

Freud describe la génesis del yo de manera poco convincente. Según él, el psiquismo al principio no es más que un ello y el yo se diferencia de él por contacto con la realidad y por una serie de identificaciones, cuya totalidad constituye la identidad del sujeto. A parte de las incoherencias del ello freudiano, que acaban de ser mencionadas, la cuestión del contacto con la realidad suscita un problema ya que la identificación es un mecanismo del inconsciente y que además ignora la realidad. El desarrollo del yo debe pues de ser entendido ante todo como la creación, en el seno mismo del inconsciente, de estructuras especializadas en la gestión del deseo. Y en lo que concierne a la formación de estas estructuras, es más útil recordar solamente las diferentes modalidades de identificación: incorporación, introyección, internalización, interiorización (Cf. Estructuración útero-infantil del inconsciente).

La mayor parte del yo es inconsciente. Esta dimensión inconsciente obedece al principio de placer y funciona según el proceso primario durante toda la existencia. Es quien asegura la función defensiva. Solamente una pequeña fracción del yo se estructura hasta llegar al proceso secundario y obedecer al principio de realidad, formando el yo preconsciente-consciente.

Lejos de ser un bloque homogéneo, el yo inconsciente es una organización compleja, hecha de numerosas subestructuras nacidas de identificaciones diversas, organizadas en diferentes fases del desarrollo y a partir de vivencias incompatibles (esto no les impide coexistir ya que el inconsciente acepta las contradicciones). Cada una de estas subestructuras tiende a engendrar su propio dinamismo de resolución tensional. Cuando estos dinamismos se encuentren a nivel preconsciente, resultarán a menudo contradictorios en lo que respecta al proceso primario y a la realidad. El preconsciente no podrá unirlos sin tiranteces y formará compromisos cojos (para convencerse, no hay más que pensar en las incoherencias que cada uno percibe en su propia personalidad o en la de los demás).

Las instancias ideales

Se les llama así a las estructuras del aparato psíquico nacidas de las idealizaciones infantiles: es su funcionamiento defensivo precoz, el yo escinde determinados objetos en dos y carga narcisísticamente una de las partes así creadas, dotándola de un poder mágico infinito (= idealización: por ejemplo, la madre está escindida en objeto bueno y objeto malo; las representaciones de la buena madre se encuentran dotadas del conjunto de vivencias de satisfacción ligadas a la lactancia y de una facultad ilimitada de producir gratificaciones). Por identificación, estos objetos idealizados se convertirán en elementos constitutivos del sujeto pero, dada la libertad energética del inconsciente, conservarán una autonomía importante con respecto al yo. Las instancias ideales funcionan como referencias que el yo inconscientemente hipervalora y a las que quiere parecerse. Estos deseos tan narcisistas son evidentemente incompatibles con la realidad, por lo que las instancias ideales juegan también un papel en la génesis de los conflictos neuróticos.

El yo ideal es la estructura que memoriza la omnipotencia narcisista de la cual se siente dotado el lactante cuando incorpora su madre. Así pues podemos considerarlo como el recipiente que contiene el placer fusional. Cuando el yo no puede gestionar los deseos y su realización según esta referencia, se produce una herida narcisista desarrollándose así la angustia y la culpabilidad.

El ideal del yo a parece después del yo ideal. Es la estructura que memoriza la perfección narcisista que el niño atribuye a sus padres. Así pues podemos definirlo como la huella estructural de los padres idealizados e introyectados. La imposibilidad del yo de alcanzar este ideal fantasmático es a su vez fuente de angustia y de culpabilidad.

El superyó

Consiste en una hiperespecialización infantil del yo idea y sobre todo del ideal del yo. Se individualiza cuando el proceso primario conjuga los contenidos de estos ideales con los tabúes filogenéticos (tabú del incesto, tabú del homicidio) y con los sentimientos del niño ante la autoridad ejercida por sus padres y las prohibiciones que le imponen. Así pues, el superyó es una instancia inhibidora, depositaria de las obligaciones y de las prohibiciones interiorizadas a lo largo de la historia ancestral y personal. La estructuración del superyó se hace a lo largo de las fases anal y fálica (Cf. sección Fases del desarrollo).

Aunque paradójicamente pueda parecer una instancia de control, el superyó inconsciente funciona según el principio de placer y el proceso primario. No busca más que reducir las tensiones por sí mismo, sin tener en cuenta las necesidades de las demás estructuras del sujeto. Cuando una realización de deseo es incompatible con las prohibiciones que memoriza y crearía un exceso de tensión a su nivel, impone al yo sus propias exigencias. En esto, desempeña un doble papel, vital y patógeno.

El superyó es necesario para la vida pues distribuye las cartas de la socialización del individuo e impulsa a la sublimación, abriendo una vía de salida a la angustia de castración y de muerte. Además, hay una estructura del preconsciente-consciente que le hace eco: la conciencia moral. Esta memoriza las adquisiciones culturales y los preceptos religiosos del grupo social al cual pertenece el individuo. Como portavoz de las órdenes superyoicas, juzga y condena las conductas inconvenientes, anticulturales o antisociales15.

Pero no hay que subestimar las implicaciones clínicas del superyó. Se deben al hecho de que la potencia es exactamente proporcional a la intensidad de los deseos reprimidos. Cuanto más pulsan los deseos por su realización, más el superyó moviliza sus formaciones de prohibición.. En la medida en que el yo intenta primero realizar los deseos, hay un conflicto con la autoridad implacable del superyó. El yo debe entonces de recorrer vías alternativas para obtener a pesar de todo una realización parcial y relativa de los deseos. Un ejemplo de ello es el caso en el que, bajo la presión del superyó, el yo no puede realizar los deseos edípicos más que a través de objetos conformes a las representaciones de los padres idealizados, condenando al sujeto a una agotadora búsqueda del Grial; o también el histérico que se ve condenado a una anorgasmia total como castigo a la trasgresión fantasmática del tabú del incesto. Cuando el superyó es particularmente severo, este llega a considerar sospechosa toda forma de disfrute, de forma que el yo se encuentra atenazado de una manera neurótica entre la angustia y la culpabilidad. En este caso, no puede realizar los deseos más que a través de síntomas masoquistas u obsesivos. Para ilustrar esto, citemos el hecho de encontrar un placer inconsciente en el sufrimiento moral.

En resumen, la introducción de la segunda tópica sin duda ha permitido una comprensión mejor del inconsciente, en particular desde el punto de vista clínico. Ofrece una trama de descodificación indispensable en la medida en que los pensamientos, los sentimientos y las conductas del sujeto son la expresión de instancias diferenciadas cuya estructuración proviene claramente de las vivencias infantiles y ancestrales. La tabla 2 es un resumen de ello.

 

Tabla 2
Las instancias de la segunda tópica


Dimensión inconsciente

Dimensión consciente

ello
Agitación energética
Caldera pulsional
Explosión de los deseos

No existe

yo
Instancia represora
Soporte de identificaciones
Memoria de experiencias de satisfacción y frustración
Ligazón (manejo de excitaciones)
Mediación con el ello y el superyó
Gestión de la relación de objeto
Realización de deseos en función de las defensas
Sublimación
Señales de angustia y de culpabilidad

Identidad personal y cultural del sujeto
Ratificación de las defensas
Persecución de la realización de deseos
según el principio de realidad y el proceso secundario
Formación de compromisos defensivos
Adaptación al mundo (mediación con la realidad exterior y exigencias biológicas)

Ideales del yo
Referente narcisista para el yo
Memoria de la omnipotencia
Sistemas de valores personales y socioculturales

superyó
Inhibición
Prohibición
Memoria de los tabúes
Sentido moral
Sumisión a las reglas de la vida en sociedad, a las adquisiciones culturales y a las exigencias religiosas

 

 


Límites de la segunda tópica

La mejora del modelo del aparato psíquico que aporta la segunda tópica no resuelve todo. Por un lado si uno se atiene solamente al cuadro metapsicológico freudiano, es difícil superponer bien las dos tópicas. Por otro lado, con las metáforas antropomórficas y las debilidades de la concepción freudiana del ello, la segunda tópica no aporta nada para comprender las interacciones biopsíquicas. Más bien al contrario, las coloca en un segundo plano dentro del aparato psíquico, prácticamente fuera del campo del psicoanálisis. En de este contexto, acordémonos de que la pulsión no siempre forma parte del psiquismo y de que la génesis de los deseos inconscientes, situados entonces en el ello, y por lo tanto en un universo del caos, se encuentra disociada de la formación de las defensas ( función muy organizada del yo). En resumen, la segunda tópica aclara bien las estructuras defensivas y de prohibición del psiquismo inconsciente, mostrando como proceden de las identificaciones, pero visualiza mal las estructuras de donde surgen los deseos.

Esto ha sin duda favorecido la aparición del Ego psychology16, que se centra en los mecanismos adaptativos del yo en detrimento de sus relaciones con la agresividad-sexualidad reprimida, perdiendo así la esencia misma del psicoanálisis. Si Lacan (1956) ha tenido el mérito de lanzar anatema contra esta deriva y volver a centrar la metapsicología sobre deseo, desgraciadamente, partiendo de la base de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, no ha podido establecer una relación clarificadora con lo pulsional y lo biológico17.

 

II) EL INCONSCIENTE DESDE EL PUNTO DE VISTA MICROPSICOANALÍTICO

Con la aportación de las sesiones de larga duración, el modelo de un aparato psíquico se convierte en un instrumento práctico. Sin embargo, nuestros conocimientos con respecto a la estructura y al funcionamiento del inconsciente, requieren ser incluidos en un campo más vasto. De hecho parece que se puede comprender mejor la naturaleza del inconsciente si se reformula la metapsicología freudiana en términos de estructuración energética. Por un lado numerosas observaciones se explican mejor y los puntos débiles de las tópicas freudianas se atenúan. Además, da la impresión de que así se acerca la realidad psicobiológica al inconsciente, pues los datos analíticos confluyen mejor con los de las ciencias de la naturaleza. Por ejemplo, los modelos freudianos no aclaran lo que está rigurosamente determinado, no están previstos para tener en cuenta el indeterminismo – los fenómenos aleatorios, caóticos o por lo menos impredecibles - a los que las ciencias naturales dan cada vez más importancia y cuyo papel en los procesos psíquicos se empieza igualmente a entrever.

Esas son las principales razones de la ampliación conceptual que Fanti ha hecho desarrollando su modelo de la organización energética del vacío (1981). Como toda teorización micropsicoanalítica del inconsciente se debe en mayor o menor medida a este modelo, creo que será útil resumirlo a grandes rasgos.

La organización energética del vacío conceptualiza diferentes constantes analíticas, teniendo por denominador común esto: cuando se lleva al extremo la disección del material de sesiones y se intenta aislar los últimos constituyentes del psiquismo, al final no quedan más que dos elementos universales, la energía y el vacío. Esto es lógico ya que parece ser que en todos los niveles de organización psíquica existe una relación dinámica entre energía y vacío18. Y esto adquiere todo su sentido analítico al comprender que la energía y el vacío tienen características opuestas, incluso incompatibles. Mientras que la energía se caracteriza por una discontinuidad y una tensión más o menos importante, el vacío es continuo y sin tensión.

Dicho de otra manera, el material analítico (y por lo tanto el psiquismo humano) parece estar regulado también por una interacción entre estructuras energéticas y vacío que cubre los elementos estructurales. Se trata de un determinante suplementario de los procesos psíquicos, que la experiencia induce a añadir a los que el psicoanálisis tiene ya en cuenta. Ahora bien, otras ciencias que analizan los componentes de la naturaleza llegan a una conclusión similar (en cuando a su objeto específico), lo que anima al micropsicoanálisis a seguir por este camino.

Así, el modelo de la organización energética del vacío subordina la estructuración del inconsciente y los movimientos de carga que se producen a la relación dinámica entre energía y vacío. Fanti considera que el sistema pulsional nace de la relación entre sus características opuestas: maniobrando sobre el vacío de las entidades energéticas, las pulsiones tienden a volver a llevar a la energía a un estado de equilibrio tensional. Así, la pulsión de muerte se define como una tendencia a ir al vacío y la pulsión de vida como una tendencia a escapar. De ahí se deduce que existe, más allá del principio de placer, una ley fundamental que gobierna la dinámica pulsional. La denomina principio de constancia del vacío. En lo que se refiere al principio de placer que rige el funcionamiento del inconsciente según el proceso primario, hay que comprenderlo como una especialización del principio de constancia del vacío: el principio de placer aplica el de constancia del vacío de una manera puramente tensional ( descenso brusco de tensión).

A este respecto, el modelo micropsicoanalítico prolonga directamente el pensamiento freudiano. Hemos visto que, para Freud, el inconsciente es tributario de los representantes de la pulsión: le proporcionan sus constituyentes. Por su parte, el modelo micropsicoanalítico propone una explicación unitaria al funcionamiento de las pulsiones, a su expresión representacional y afectiva en el campo psíquico y a su papel en la estructuración del inconsciente. Sin embargo, después Fanti se desmarca. Completa su modelo de manera ambiciosa ya que emite una hipótesis de alcance general para comprender el ser humano: existiría una energía de base, neutra e indiferenciada, cuya organización sería el origen del psiquismo y de la materia. Para conceptuar el punto de partida de las organizaciones energéticas que forman nuestro mundo, el modelo de Fanti postula la existencia de un determinante fundamental, llamado dinamismo neutro del vacío ( Dnv) y considerado como el primum movens de toda estructuración energética (esta estructuración está concebida como el ensamblaje de módulos energéticos, que Fanti denomina intentos y cuya fuente la sitúa en un instinto de intento o Idi).

En otras palabras, este modelo no se queda en la relación entre el vacío y la energía que componen las entidades psíquicas. Trata de enriquecer el conocimiento del psiquismo con adquisiciones provenientes del mundo material19; intenta describir el itinerario de lo indiferenciado a lo diferenciado, de lo no estructurado a lo estructurado; resumiendo, conceptualiza la evolución que conduce de un fondo energético neutro a entidades específicas. Este proceso explica en particular el indeterminismo y la relatividad psíquica, considerándolos características inherentes a la propia energía. Así, Fanti concibe desplazamientos aleatorios entre gránulos de energía que prefiguran los desplazamientos inconscientes. Esta dinámica caótica sería la explicación fundamental (prepsíquica) de fenómenos similares que tienen lugar a nivel del inconsciente; por ejemplo los desplazamientos desestructurantes que inducen al caos en el psiquismo y acaban por conducir a un estado psicóticos. Ilustremos ahora la relación de este modelo en lo que se refiere a la relatividad: las entidades psíquicas o materiales se consideran como el fruto de una evolución (más o menos reversible) a partir de un mismo fondo de energía neutra; consisten en una estructuración energética que les confiere una especificidad relativa. Ahora bien, imaginando la permanencia de una energía indiferenciada en el seno de las entidades, disponemos de un soporte conceptual para explicar las traslaciones de lo psíquico a lo somático y viceversa. Además, el hecho de que la especificidad sea siempre relativa, permite comprender mejor por qué determinadas entidades psíquicas se transforman tan fácilmente (por ejemplo un objeto interno que primero es objeto de amor se convierte en un objeto de odio).

El modelo de la organización energética del vacío, mucho más complejo de lo que parece en este resumen 20, tiene las ventajas y los inconvenientes de su ambición. Su principal defecto es que tiene una parte especulativa que el estado actual de las ciencias no verifica aún (se trata principalmente del Dnv-Idi). Sin embargo, en sus numerosos aspectos fundados en la experiencia, aporta una contribución importante para el conocimiento del psiquismo. Por lo tanto, he decidido no utilizar aquí, para explicar el inconsciente desde el punto de vista micropsicoanalítico, más que los elementos que provienen directamente de la práctica y que finalmente, son los únicos indispensables para lo que me propongo. Además, de esta manera se articulan mejor las innovaciones micropsicoanalíticas con los datos freudianos.

¿Qué es el psiquismo para el micropsicoanálisis?

Como para los clásicos, la experiencia micropsicoanalítica muestra que el psiquismo constituye un fenómeno particular dentro de lo viviente pero que, fundamentalmente, entra en la lógica universal de lo biológico. Conserva y transforma energía, almacena y procesa informaciones, mantiene y transmite una diferenciación con respecto al medio que le rodea, es sensible a las modificaciones de este medio y responde a él. A menos que se entre en un pensamiento metafísico, no se puede disociar el psiquismo de un sustrato celular.

Partiendo de estas constantes, se considera que lo psíquico comparte algunos de sus elementos constitutivos con lo biológico y se postula que este denominador común es energético. Ya que todo lo que existe es finalmente energía, esta afirmación sería una tontería si no condujese a un modelo pertinente de la estructura psíquica: al igual que la material está estructurada energéticamente por organizaciones de complejidad creciente hasta llegar a las múltiples expresiones de lo viviente (partículas, átomos, moléculas, células, tejidos, órganos), el psiquismo aparece estructurado en organizaciones energéticas cada vez más especializadas (representaciones y afectos, conjuntos de representaciones y afectos, complejos, instancias, pensamientos, emociones, sentimientos).

Así el micropsicoanálisis propone una tópica energética que lleva a una conceptualización psicobiológica del ser. Mientras que las tópicas freudianas delimitan sistemas e instancias, la tópica micropsicoanalítica distingue niveles de estructuración. Comprende dos niveles principales: el inconsciente y el preconsciente-consciente. Cada un de estos niveles funciona como un sistema, como lo preveía la primera tópica, y puede a su vez comprender varios niveles de estructuración interna.

El inconsciente se define como el nivel de estructuración psíquica cuya economía y dinámica responden al principio de placer y al proceso primario. Sus contenidos son representaciones y afectos cuyos diferentes ensamblajes forman a su vez niveles de estructuración, dentro del inconsciente (por ejemplo representaciones y afectos, conjuntos de representaciones-afectos, fantasmas, complejos).

El preconsciente-consciente constituye un nivel de estructuración más elaborado, cuya economía y dinámica responden al principio de realidad y al proceso secundario. Sus contenidos ponen de manifiesto también varios grados de estructuración (por ejemplo, percepciones, recuerdos elementales, pensamientos, emociones, sentimientos).

En lo que se refiere a las instancias freudianas, éstas se integran perfectamente en la tópica micropsicoanalítica. Una instancia se redefine como una organización representacional-afectiva que funciona federadamente porque sus constituyentes presentan grandes correspondencias entre ellos y memorizan informaciones análogas. Estas correspondencias y analogías dependen del hecho de que las representaciones-afectos de una instancia provienen de vivencias portadoras de un mismo sentido y/o responden a experiencias copulsionales21 similares. Tomemos un ejemplo: entre los diferentes conjuntos de representaciones-afectos que componen el yo, algunos delimitan la identidad del sujeto, otros memorizan deseos que ponen en peligro su integridad, otros se refieren a vivencias de peligro exterior, otros provienen de experiencias narcisistas de autoprotección o de dominio, etc.; más allá de su aparente diversidad, tienen un denominador común – autoconservar y preservar la integridad del sujeto - que les confiere una identidad funcional. Cada una de estas instancias tiene en cierta manera su espejo: a su estructura inconsciente hace eco, a nivel preconsciente, una estructura equivalente que reactiva su dinámica adaptándola al principio de realidad y reformulándola según el proceso secundario.

Micropsicoanalíticamente hablando, sólo el yo, el yo ideal, el ideal del yo y el superyó son instancias, pues el ello tiene un estatuto totalmente diferente, ligado a la redefinición de su función. Para comprenderla, hay que repasar la teoría de las pulsiones. El modelo de la organización energética del vacío lleva a revisar la naturaleza de la las pulsiones y a intentar resolver la confusión entre fuerza y energía que menoscaba la teoría pulsional clásica. En psicoanálisis, la pulsión se define indiferentemente como un proceso dinámico que engendra un movimiento (de ahí la noción de “moción pulsional”) o como una carga energética que produce un trabajo22. Por su parte, el micropsicoanálisis establece una distinción conceptual clara entre lo estructural, que corresponde a la energía y la dinámica, que traduce las fuerzas. El sistema pulsional se entiende como un conjunto de fuerzas, sexuales o agresivas según su fin.

La redefinición micropsicoanalítica de ello proviene de esta voluntad de clarificación. El ello se define como la bisagra entre lo estructural y lo pulsional o, más concretamente, como el conjunto de puntos donde una estructura energética engendra una fuerza pulsional que provoca a su vez un movimiento en la energía. Forma la matriz celular donde el psiquismo se organiza progresivamente, por movilización copulsional de la energía, y además interactúa con lo somático.

Entendido así, el ello entra en juego en todos los niveles de organización energética: antes del inconsciente, donde estructura copulsionalmente las representaciones y los afectos23; a nivel del inconsciente donde, conjugando copulsionalmente los conjuntos de representaciones-afectos, rige sus mecanismos elementales y eficientes, y después la emergencia de los deseos y defensas; a nivel preconsciente-consciente, donde continúa la conjugación energética-pulsional hasta la expresión motriz de las emociones, los sentimientos y los pensamientos24.

Redefinición micropsicoanalítica del inconsciente

La práctica de las sesiones de larga duración confirma la mayor parte de los descubrimientos freudianos con respecto al inconsciente (por ejemplo el proceso primario, el principio de placer, la represión, la identificación, los deseos o las defensas). El micropsicoanálisis las ha por lo tanto integrado aportándoles un grado comprensión suplementario (a veces original) cuando su experiencia específica o su modelo metapsicológico lo requería. Esto es lo que vamos a desarrollar ahora. Para evitar repeticiones, sólo serán definidos los términos cuyo sentido micropsicoanalítico difieren sensiblemente de su acepción clásica.

Estructura del inconsciente

Hemos visto que la tópica micropsicoanalítica concibe el inconsciente como un nivel de estructuración de la energía de la que estamos psicobiológicamente constituidos. Esta conceptualización energética presenta la ventaja de que se puede aplicar perfectamente a todos los constituyentes del inconsciente y de permitir una descripción precisa de las estructuras de las que está formado. Veamos de qué se trata.

A partir de Freud, se les llama complejos a las estructuras más elaboradas que contiene el inconsciente. Por otra parte sabemos que el inconsciente es un sistema de memorización de sucesos que han marcado nuestra historia (ancestral, uterina e infantil). Estas huellas mnémicas son por lo tanto informaciones que el proceso primario elabora y transmite al preconsciente-consciente o a la motricidad corporal. Precisamente, es gracias a esta transmisión como se puede conceptualizar la estructura interna del inconsciente. En efecto, el trabajo de análisis consiste precisamente en poner en evidencia las informaciones inconscientes, en descubrir por qué vías circulan y en reconstruir los sucesos originarios, al menos tal como el sujeto los ha vivido.

La práctica analítica no desvela nada acerca del soporte fisicoquímico de la memoria, pero las vivencias revividas en sesión y las rememoraciones asociativas nos permiten hacer un modelo de las bases psíquica y de la organización inconsciente de los recuerdos. Cuando se investigan los componentes de un complejo, se puede reconstituir tres tipos de sucesos memorizados: 1) vivencias uteroinfantiles 2) experiencias copulsionales 3) representaciones y afectos que expresan los dinamismos de las copulsiones elementales cuyo conjunto forma la experiencia copulsional.

¿Qué diferencia hay entre experiencia copulsional y vivencia? Una experiencia copulsional es la traducción psíquica de un dinamismo copulsional puesto en marcha (con o sin éxito) para bajar una tensión (de necesidad o de deseo) por medio de un objeto específico. La repercusión psíquica de la experiencia copulsional consiste en la creación de un conjunto de representaciones y de afectos que memorizan las características de la fuente copulsional, del objeto adecuado, la de acción que permite llegar al fin (llamada acción específica) y del resultado obtenido. Las experiencias de satisfacción o de frustración son ejemplos.

La noción de vivencia uterina o infantil tiene un sentido más amplio. Una vivencia es la traducción elaborada de varias experiencias copulsionales, a menudo divergentes (algunas satisfactorias, otras frustrantes) y comprende la trascripción sujetiva de la relación de objeto y de movimientos defensivos. Se inscribe también en un conjunto de representaciones-afectos, pero el yo ha efectuado ahí un importante trabajo de integración. He aquí algunos ejemplos: vivencia de omnipotencia, de abandono, de incesto, de castración…

Volviendo al complejo, éste memoriza pues diversos elementos: experiencias copulsionales, vivencias úteroinfantiles y filogenéticas, esquemas de deseos y de defensas, fantasmas… Todos estos elementos forman una estructura porque se asocian en razón de similitudes o de analogías representacionales-afectivas.

En la práctica se pueden reconstruir las vivencias úteroinfantiles y las experiencias copulsionales a partir de las repeticiones que se extraen del material y de las cadenas asociativas que en él se van perfilando. Como estos elementos conducen sistemáticamente a representaciones y afectos, se considera que las representaciones y los afectos forman la base estructural del inconsciente25. Una representación o un afecto se define micropsicoanalíticamente como una microestructura energética que memoriza determinadas características de una dinámica pulsional. Se les puede también considerar como la huella duradera en algún sitio de la energía que compone nuestras células26, de un suceso copulsional reprimido. Estas entidades psíquicas basales son nuestras huellas mnémicas elementales, nuestras unidades de memoria psíquica, cuya organización forma nuestro sistema mnémico inconsciente. Por una parte están ya presentes en la célula huevo ( han sido pues fijadas en un momento de la historia ancestral, después transmitidas hereditariamente) y por otra parte adquiridas por la represión (fijación) a lo largo de la vida úteroinfantil.

Metafóricamente, las representaciones y los afectos serían marcas dejadas por el funcionamiento de las copulsiones en las estructuras celulares que constituyen el psiquismo inconsciente. Tanto unas como los otros contienen informaciones correspondientes a la dinámica copulsional. Sin embargo, la representación memoriza selectivamente las cualidades de lo que ocurrió (es decir, las cualidades de la fuente, del objeto y del fin de las copulsiones). En cuanto al afecto, éste memoriza esencialmente la amplitud cuantitativa de lo que se ha producido (es decir, la intensidad de las copulsiones, su empuje). Si volvemos a la metáfora de la marca, la representación sería la forma, mientras que el afecto correspondería a su profundidad27.

Una representación memoriza por ejemplo una determinada excitación a nivel de una zona erógena, una determinada frecuencia vocal de la madre, un determinado componente gustativo de su leche, determinadas características de su piel, determinadas sensaciones al contacto con una materia o de un olor. El afecto correspondiente habrá memorizado la intensidad del alivio o de la irritación sentidas en estas experiencias.

Se puede considerar que la energía de las representaciones y afectos está confinada en parte en su estructura y en parte circulante28. Las representaciones-afectos no solamente almacenan estructuralmente nuestra memoria personal y ancestral, sin que también la transportan gracias a la energía libre que se desplaza29. El proceso primario hace circular informaciones de representaciones-afectos en representaciones-afectos, aunque por intercambios y recombinaciones, estas informaciones se elaboran en permanencia en el inconsciente (=elaboración primaria). En este sentido, el inconsciente forma un auténtico sistema cibernético (es decir, un sistema de comunicación, de control y de regulación) que tiene al ello por “microprocesador”.

Demos otro paso adelante para ver la sobredeterminación que aparece claramente cuando se estudian las expresiones de un complejo. Por ejemplo, al analizar un síntoma que deriva del complejo de castración, se van a poner en evidencia vivencias de castración memorizadas en la fase fálica (ausencia de pene p.ej.); cuando se profundizan esos elementos fálicos, aparecen vivencias de castración memorizadas en la fase anal (desposesión de heces p. ej.) y después se llega a la fase oral (privación del seno p. ej.) . Esta sobredeterminación, que envía de un contenido a otro, indica que las representaciones y afectos que memorizan vivencias y experiencias análogas o similares tienden a formar un conjunto, a crear una estructura. Es decir, que por lo tanto en el inconsciente se establecen conexiones entre contenidos de diverso origen.

Esta tendencia inconsciente a interconectar elementos hasta formar estructuras proviene seguramente de la extraordinaria capacidad de asociar que caracteriza nuestro psiquismo. He aquí el modelo para explicar este fenómeno. A merced de los desplazamientos y condensaciones, determinados representaciones-afectos se convierten en sedes de carga privilegiadas y la elaboración primaria interconecta sólidamente representaciones-afectos relativamente similares (y por lo tanto que presentan una compatibilidad energética). Las representaciones-afectos constituyen desde entonces un conjunto estable30. Si las representaciones y los afectos constituyen las microestructuras del inconsciente, sus conjuntos forman las estructuras propiamente dichas,, por lo tanto los complejos son la organización más completa (en esta escala de niveles de estructuración, las instancias corresponderían a superestructuras). La formación de conjuntos de representaciones-afectos y de complejos combina los mecanismos elementales del inconsciente (desplazamiento y condensación) con mecanismos más elaborados denominados eficientes o estructurales: la represión, la proyección y la identificación. Veamos esto en detalle.
Mecanismos estructurales

La represión, la proyección y la identificación han sido clasificadas de siempre entre los mecanismos de defensa, pero el trabajo en sesiones de larga duración muestra que antes de tener una acción defensiva, estos mecanismos son estructurales, ya que contribuyen a la constitución misma del inconsciente y forman parte, por su naturaleza, del proceso primario. En otras palabras, son en primer lugar inherentes a la estructuración del inconsciente, después son mecanismos eficientes y, por último, en las neurosis (especialmente en la histeria), son utilizados por la organización defensiva del yo.

La represión es el punto de partida y el mecanismo clave de toda estructuración inconsciente. Sin ella no habría ninguna inscripción psíquica ya que su primer efecto es precisamente fijar representaciones y afectos en el inconsciente31. Además es también la represión la que añade a los conjuntos representacionales-afectivos ya formados otras representaciones y afectos, que provienen de experiencias copulsionales ulteriores, pero similares a las que han sido originariamente reprimidas (= represión posterior). Desde el punto de vista defensivo, provoca la amnesia infantil y entra en numerosas formaciones de síntomas. La represión es utilizada por el yo como mecanismo de defensa cuando una situación actual evoca un pasado reprimido y la vivencia presente resuena con lo reprimido; los recuerdos, los pensamientos o las emociones que podrían surgir son imantadas por el inconsciente y, privadas de la posibilidad de expresión, quedan en el fondo del inconsciente. En algunos casos, la represión concierne solamente al afecto; los recuerdos o los pensamientos en cuestión pueden aflorar a la conciencia, pero sin la menor coloración emocional ( o con una expresión diferente, como sucede en los chistes en los que se ríe de lo que desagrada o da miedo).

La proyección es un mecanismo estructural del inconsciente en tanto que expulsa la carga de un conjunto de representaciones-afectos sobre otro; en esta expulsión tensional, informaciones pertenecientes al conjunto expeditor se transmiten al destinatario que las integra a las suyas (por ejemplo, las características de la mala madre son asignadas a un conjunto de representaciones paternas: éstas llevan en lo sucesivo informaciones “mala madre”, y así la imagen materna permanece buena y tranquilizante). Con fin defensivo, el yo elabora un mecanismo calcado de la proyección intrapsíquica: se concede una seguridad ilusoria trasladando a la realidad exterior algo que le pertenece (por ejemplo, una persona fóbica proyecta sobre un objeto externo – persona, animal, lugar... – algunas características de su imagen paterna de la que tiene inconscientemente miedo; en lo sucesivo, el temido es el objeto externo, con la ventaje de poder evitarlo).

La identificación resulta del proceso inverso. Estructura el inconsciente por el mecanismo siguiente: un conjunto de representaciones-afectos aspira la carga de otro, asimila las informaciones y se remodela en función de ellas ( por ejemplo, las representaciones del propio cuerpo adquieren las cualidades de potencia fálica de las representaciones paternas). Para una operación defensiva, el yo puede reutilizar esta dinámica: moldea determinados de sus componentes en base a las características de un objeto y se encuentra así relativamente tranquilo, creyendo en lo sucesivo poseer sus cualidades ( por ejemplo, una mujer histérica crea, en base al modelo de su padre, una contractura muscular que simboliza el pene que no tiene y atenúa así su angustia de castración).

Deseos defensas y fantasmas

Hemos visto que el modelo microspsicoanalítico permite basar la dinámica pulsional sobre estructuras muy definidas. Sucede lo mismo con los deseos, los mecanismos de defensa y los fantasmas. Estos dinamismos inconscientes más elaborados están originados por la acción ejercida por los mecanismos elementales y estructurales sobre los conjuntos de representaciones-afectos del inconsciente. De momento voy a abordar su génesis desde un punto de vista general, pues los deseos y defensas específicas las describiré en las fases del desarrollo.

El deseo inconsciente emerge de un conjunto de representaciones-afectos donde tiene lugar un aumento de tensión; ya que es preciso un movimiento energético para bajar esta tensión, se produce una activación de las copulsiones capaces de provocar el desplazamiento de carga adecuado. El deseo consiste en esto: un deseo inconsciente es una sobrecarga de tensión de una entidad que ha movilizado copulsiones agresivas y/o sexuales que pueden descargarla. Por su parte, la realización del deseo está constituida por la bajada de tensión permitida por las copulsiones requeridas.

Aunque la tensión inherente al deseo debe bajarse imperativamente una vez que se ha alcanzado un determinado umbral, esta bajada no puede hacerse de cualquier modo. En efecto, el inconsciente del adulto ha memorizado las circunstancias, los objetos y las acciones copulsionales que han, a lo largo de la vida úteroinfantil, permitido las primeras realizaciones de deseos. Estas experiencias de satisfacción memorizadas condicionan el tipo de copulsión apto para realizar el deseo, pues la bajada de tensión se hace precisamente recargando las representaciones-afectos de estas experiencias. Por lo tanto, la naturaleza de un deseo se define ya sea por el fin copulsional que lo realiza (deseo sexual si pretende la unión o la fusión, deseo agresivo si pretende la desunión o la destrucción), o según la erogeneidad de una fase (deseo de fusión oral, de posesión anal, de penetración fálica...) o se define por una determinada relación de objeto (deseo narcisista, sádico, genital...).

El mecanismo de defensa nace de las incompatibilidades que el deseo encuentra en el camino de su realización. Controla la realización de un deseo de forma que sea compatible con otras estructuras y asegurar así la homeostasis global del sistema. Ya que el inconsciente memoriza igualmente informaciones concernientes al displacer que ha procurado la puesta en acción de determinadas copulsiones (experiencias de frustración), la acción que realizaría específicamente el deseo puede ser bloqueada porque choca a la vez con la memoria de una vivencia de frustración; además, los fines y objetos que convienen para la descarga de una determinada estructura (sede del deseo) son a menudo incompatibles con la bajada de tensión de otra estructura. Todo esto limita la libertad de las copulsiones para movilizar la carga excesiva para realizar el deseo. Los mecanismos de defensa presionan entonces las copulsiones (en particular modifican su destino) e imponen desplazamientos de carga complicados para que los deseos se realicen a pesar de las incompatibilidades que encuentran.

El fantasma procede directamente de la dinámica defensiva regulando la realización de los deseos. Clásicamente el fantasma es una puesta en escena del deseo y de su realización, que son camuflados en un escenario impuesto por la dinámica defensiva. El psicoanálisis se ha percatado enseguida de que los fantasmas son entidades estables en el corazón del inconsciente, pero su modelo dificulta considerarlos de otra manera que no sea bajo una forma imaginada. Sin embargo la puesta en escena y el escenario fantasmático son solamente potenciales en el inconsciente (no existen más que bajo forma de esquemas); en efecto, el fantasma debe de haber sido elaborado por los procedimientos plásticos de deformación32 para que su escenario tome forma y sea puesto en escena, ahora bien, estos procedimientos actúan en el límite del inconsciente-preconsciente. La naturaleza del fantasma se evidencia mejor si se piensa que forma una síntesis entre los elementos estructurales del inconsciente y los dinamismos ligados a esas estructuras. Entendido así, el fantasma es un conjunto de representaciones-afectos organizado de manera duradera porque memoriza en su propia estructura la dinámica (experiencias de satisfacción, deseos, defensas) capaz de corregir cualquier exceso de tensión. Como por ejemplo, citemos los fantasmas originarios: la escena primitiva, la escena de seducción, los padres combinados y la castración.

La tabla 3 esquematiza las aportaciones del micropsicoanálisis que han sido abordadas hasta ahora. Es posible que estos datos parezcan aún abstractos, pero serán más tangibles en la próxima sección. De hecho, es a lo largo de las fases del desarrollo cuando las experiencias copulsionales reprimidas y las vivencias interiorizadas forman los complejos representacionales-afectivos de donde surge la dinámica de los deseos, de las defensas y de los fantasmas.

Tabla 3:
Innovaciones micropsicoanalíticas
en la conceptualización del inconsciente

Inconsciente freudiano
Inconsciente micropsicoanalitico

Entendido por medio de la metáfora de un aparato psíquico:
en la primera tópica sistema del aparato psíquico que contiene lo reprimido
en la segunda tópica, especificado por las instancias entre las cuales él se reparte
Entendido por medio de un modelo energético
en el marco de una tópica psicobiológica
primer nivel psíquico de estructuración de la energía

Funcionamiento según
el principio de placer
y el proceso primario

Ídem

Memoria considerada bajo un aspecto mecanicista, en términos de trazas mnémicas infantiles y filogenéticas cargadas (=representaciones de cosa)
Memoria considerada en una óptica cibernética, bajo forma de:
representaciones-afectos formando ellos mismos la trama informativa de lo psíquico
de conjuntos de representaciones-afectos memorizando experiencias copulsionales y vivencias úteroinfantiles y filogenéticas

Superposición de contenidos estructurales y dinámicos, es decir entre:
representación y quantum de afecto por un lado, y deseos, defensas y fantasmas por otro
Distinción clara entre contenidos estructurales y dinámicos:
desde el punto de vista estructural:
representaciones, afectos, conjuntos de representaciones-afectos, complejos
desde el punto de vista dinámico:
copulsiones agresivas y sexuales,
deseos, defensas
- como síntesis estructural-dinámica:
objetos, fantasmas

Estructuración úteroinfantil del inconsciente

El modelo micropsicoanalítico atribuye un sustrato celular al inconsciente y por lo tanto a la herencia psíquica ya postulada por Freud: grupos de representaciones-afectos son transmitidos a la célula huevo por las células germinales de los padres33. En el marco de este modelo se puede por lo tanto concebir que la estructuración del inconsciente empieza desde la fecundación, por desplazamientos-condensaciones de la energía libre. Sea como fuese, es durante las fases del desarrollo agresivo-sexual cuando comienza a ser tangible. Esta prosigue hasta el comienzo del período de latencia (hacia los 6 años), momento en que las estructuras adquiridas son definitivas.

La increíble aceleración que experimenta la estructuración del inconsciente se debe a los sucesos intensos que marcan el desarrollo primero del feto y después del niño. El ser en formación debe de integrar el dinamismo de sus copulsiones (que generan placer o displacer), lo que él experimenta en su cuerpo (sobre todo las sensaciones-percepciones que provienen de las zonas erógenas) y lo que vive en contacto de sus padres. El inconsciente se estructura asimilando todas esas informaciones y uniéndolas a los datos atávicos que contiene previamente (grupos de representaciones-afectos filogenéticos). Antes de detallar lo que ocurre en cada fase del desarrollo agresivo-sexual, voy a especificar como se forman los complejos donde se condensa esta memoria. Me inspiraré en el modelo que ha propuesto recientemente P. Codoni34.

Núcleos fijos, complejos, objetos

En cada fase y en períodos determinados de estas fases (p. ej. el período del narcisismo primario o el de Edipo), grupos de representaciones-afectos que memorizan sucesos filogenéticos, son reactivados por el proceso primario (es decir, que se condensa una gran cantidad de carga). Cuando las vivencias del feto o del niño resuenan fuertemente con estos grupos reactivados, se produce una sobrecarga de tensión que desencadena la represión: las vivencias que presentan una correspondencia con el reprimido filogenético son a su vez reprimidas e interiorizadas35. En el inconsciente, sus representaciones-afectos se interconectan sólidamente y forman una estructura estable, el núcleo fijo. Dicho de forma más simple, el núcleo fijo memoriza en una misma estructura diferentes sucesos específicos de una determinada fases y/o de una determinada relación de objeto.

A lo largo de la vida úteroinfantil, se conectan al núcleo fijo otras representaciones-afectos. Estos conjuntos de representaciones-afectos satélites provienen de vivencias que presentan una analogía con las informaciones ya contenidas en el núcleo. Completan la estructuración o, más bien le dan nuevos matices en función de valores particulares de otras fases o de otras relaciones de objeto. Al final del período evolutivo, el inconsciente no puede acoger nuevos conjuntos representacionales-afectivos. Los núcleos fijos y sus conjuntos satélites se estructuran desde entonces definitivamente en complejos que perduran toda la existencia. Dicho más simplemente, un complejo memoriza sucesos de varias fases y relaciones de objeto alrededor de un núcleo fijo que se ha estructurado en un momento preciso. En el adulto los complejos constituyen los objetos inconscientes de donde emergen y a donde tienden los deseos. En efecto, cuando se encuentra reactivado en cualquier momento de la vida, el objeto inconsciente moviliza, para descargar su carga excesiva, un funcionamiento copulsional similar al que ha sido memorizado a lo largo del desarrollo.. Ahora bien, lo hemos visto, eso es lo que define precisamente el deseo inconsciente.

La tabla 4 pone en relación los diferentes niveles de estructuración del inconsciente con los mecanismos y dinamismos que han tenido lugar.

Tabla 4:
Niveles de estructuración del inconsciente

Nivel
Entidades
Mecanismos
elementales
Mecanismos
estructurales
Dinamismos

Microestructura
Representación
Afecto
Desplazamiento
Condensación
Represión
Coplsiones

Estructura
Conjunto de
Representaciones-
Afectos
Núcleo fijo
Complejo
Desplazamiento
Condensación
Represión
Proyección
Identificación

Deseo
Defensa
Fantasma

Macroestructura
(organización de superestructuras)
Instancia
Desplazamiento
Condensación
Represión
Proyección
Identificación
Elaboración
primaria

 

Fases del desarrollo

Una fase corresponde a una etapa evolutiva del ser en desarrollo en la que su sexualidad y su agresividad se organizan según una erogeneidad y una relación de objeto específicos. Esta especificidad condiciona determinados tipos de experiencias copulsionales y de vivencias cuya memorización constituye núcleos fijos y complejos. Cada fase forma así un nivel de estructuración del inconsciente.

Es importante comprender bien las fases del desarrollo pues la manera de estructurarse en ellas el inconsciente juega un papel clave en la psicología normal y clínica del adulto. En efecto, cuando un complejo está bajo tensión, desarrolla deseos que son específicos de la fase en que el complejo se ha estructurado; más concretamente, estos deseos son específicos de la erogeneidad y de la relación objetal de la fase en cuestión. La realización de estos deseos específicos encuentra siempre incompatibilidades estructurales y/o relacionales. Esto impone la instalación de una organización defensiva y conduce a un conflicto psíquico, igualmente específicos de la fase en cuestión. Es decir, la cibernética de los deseos, defensas y conflictos, tiene una gran influencia sobre la personalidad, los comportamientos y la psicopatología del sujeto.

Antes de detallar las fases, haré aún dos precisiones. Se habla clásicamente de fases del desarrollo libidinal o psicosexual ya que, para Freud, la represión afecta selectivamente a la sexualidad infantil. En micropsicoanálisis se prefiere el término de desarrollo agresivo-sexual. Sin minimizar el papel desempeñado por la sexualidad reprimida en la constitución de las estructuras inconscientes (y por lo tanto en la etiología de las neurosis), es importante subrayar que las copulsiones agresivas participan plenamente en cada fase de la ontogénesis psíquica. Porque están en interacción constante con las copulsiones sexuales, sus representaciones-afectos están englobados en la represión y entran en la estructuración de los complejos y después en la génesis de los deseos.

Por otra parte, el material expresado en sesiones de larga duración, permite poner en evidencia indicios de una fase que precede a las que describe el psicoanálisis clásico. Se trata de una fase iniciática, que tiene lugar durante la vida fetal.

Fase iniciática

Para poder hablar de una fase uterina del desarrollo agresivo-sexual, es preciso reunir un determinado número de condiciones. No basta admitir que la sexualidad y la agresividad son actividades inherentes a la vida misma, que la célula huevo contiene grupos de representaciones-afectos heredados de los padres, que los desplazamientos-condensaciones y las represiones-proyecciones-identificaciones empiezan muy pronto, reorganizando estos grupos de representaciones-afectos filogenéticos en conjuntos relativamente originales.. Es preciso que interaccionen con ellos elementos ontogenéticos, que el ser en desarrollo pueda tener experiencias copulsionales suficientemente intensas para ser reprimidas y que pueda interiorizar vivencias. Esto necesita un yo (aunque sea incompleto) y una cierta funcionalidad del aparato sensorial-perceptivo. Por si sola, la práctica micropsicoanalítica no permite precisar cuando están reunidos estos elementos. Teniendo en cuenta los trabajos de las neurociencias y de la psicología experimental, parece ser que la fase iniciática comienza en la segunda mitad de la vida intrauterina y culmina en el último tercio.

En ese período, los núcleos inconscientes del ser en desarrollo están suficientemente estructurados como para implicar a haces de copulsiones agresivas y sexuales eficaces. Los primeros deseos salen de los complejos en estructuración y conducen a experiencias de realización o de frustración que se inscriben en el inconsciente. Esta memorización atañe esencialmente a vivencias fusionales ligadas a una erogeneidad difusa del cuerpo entero. Sin embargo, los deseos de fusión se enfrentan ya a incompatibilidades, por ejemplo a la memoria psicobiológica de la nidación sangrienta, al rechazo inmunológico cuyo escenario ha sido el principio de la gestación o a las vivencias de expulsión en el momento de las contracciones uterinas. Esto produce modificaciones del destino copulsional, auténticos gérmenes del conflicto psíquico. El yo inconsciente encuentra así la materia de un principio de organización.

Fase oral

El desarrollo agresivo-sexual, llevada por la erogeneidad ligada a la zona bucal y a la función alimentaria, así como por la intensidad de nuevas estimulaciones psicobiológicas (calor / frío, hambre / saciedad, succión / mordedura, promiscuidad / alejamiento corporal ...), se embala a lo largo de la fase oral. Durante la lactancia, con los cuidados que se le prodiga y gracias a las muestras de afecto o de rechazo que se le dan, el lactante tiene experiencias de satisfacción y de frustración conflictivas que se memorizan en núcleos inconscientes.. A propósito de los mecanismos estructurales que organizan esta memorización, quiero subrayar que la identificación se hace esencialmente bajo el modo de la incorporación : el lactante asimila componentes psíquicos y corporales de su madre (o de su substituto) tal como los vive en contacto con ella.

Hasta alrededor de los 6 meses, la incorporación está ligada sobre todo a deseos fusionales, haciéndose copulsionalmente a través de la succión erógena. Cuando la relación con la madre es de buena calidad, el pecho (parte por el todo de la madre) se inscribe como objeto infinitamente gratificante, apaciguante y tranquilizante. En la segunda parte de la fase oral, el lactante está más bien sometido a experiencias defusionales en las que la incorporación se hace de manera agresiva, correlativa a mordeduras violentas y a tendencias canibalísticas; la agresividad proyectada se vuelve bajo forma de vivencias angustiosas de rechazo materno; a partir de este momento, se estructuran representaciones de agotamiento de seno y de madre vaciada:; su elaboración conduce a vivencias de abandono, de estallido, de aniquilación.

La incompatibilidad entre estas vivencias y los deseos de fusión crea sobrecargas de tensión que implican el tener que modular la dinámica copulsional: los deseos van a ser controlados por defensas como la escisión, la renegación o la idealización. La conjunción de deseos orales y de defensas orales, da un impulso importante a la organización funcional que define el yo inconsciente. Pero, será necesario un momento importante, el del narcisismo primario, para establecer interacciones más eficaces entre los diferentes conjuntos de representaciones-afectos que componen los complejos orales. El narcisismo primario, teniendo por motor la identificación a vivencias de omnipotencia y a objetos idealizados, crea una especie de federación representacional-afectiva capaz de asumir todas las funciones del yo. El lactante camina ahora hacia la fase anal y comienza a establecer una auténtica relación de objeto (relación con la madre como objeto total)36.

Fase anal

El desarrollo agresivo-sexual experimenta un nuevo impulso en la fase anal gracias a la relativa autonomía que adquiere el niño y al control de los esfínteres que puede ejercer sobre la función excrementicia. El niño experimenta copulsionalmente su relación de objeto ejercitando sus esfínteres y el dominio de sus músculos. Aunque el niño obtiene intensas satisfacciones de su actividad anal, vive también tremendas frustraciones. Su narcisismo choca de hecho contra las imposiciones de la educación de la limpieza. Según la calidad de las relaciones de objetos (en particular la intensidad del amor-odio), el niño se ve inmerso en un conflicto de incompatibilidades irreductibles: las vivencias de poder gratificante, de regalo unidor, de dominio valorizante, de aceptación apaciguante.... chocan con vivencias de impotencia frustrante, de rechazo separador, de sumisión degradante, de pérdida angustiosa. Esto tiende a provocar crisis de rabia explosiva. La agresividad se junta entonces con la sexualidad poniendo en peligro la integridad narcisista del niño. Es vital que él llegue a salir de esta problemática insoluble y, para esto, los mecanismos estructurales del inconsciente van a funcionar al máximo. Se produce una represión de las experiencias copulsionales traumáticas, una proyección de la agresividad peligrosa y una interiorización de la relación parental. A partir de núcleos particularmente cargados que se constituyen en esta fase, van a surgir deseos específicos contradictorios: contraer o relajar, guardar o transmitir, retener o evacuar, poseer o perder, dar o recibir, dominar o liberar...

Así pues, se comprende que no hay otra salida para el psiquismo que auto organizarse para movilizar copulsiones capaces de atenuar las incompatibilidades y de tapar los conflictos; esto corresponde por un lado a la estructuración de un yo inconsciente más funcional y de objetos preconscientes 37que vibren en consonancia con él, y además a establecer las bases del superyó.

El perfeccionamiento del yo lleva al establecimiento de una auténtica relación de objeto. A nivel inconsciente, el yo modifica el dinamismo de las copulsiones agresivas y sexuales para que emerjan los deseos que permiten conservar la relación con los objetos externos: la agresión homicida y la posesión absoluta se atenúan para que la sexualidad y la agresividad puedan conjugarse juntas en el sadomasoquismo y en el dominio. Además el yo controla los deseos por medio de defensas específicas como la anulación, el aislamiento o la formación reactiva. A nivel preconsciente, el yo permite progresivamente al niño tener en cuenta el principio de realidad, perfeccionar el proceso secundario por medio del lenguaje articulado y formar compromisos en los que el sadomasoquismo va a sublimarse o por lo menos tomar una dimensión socialmente aceptable.

Otra consecuencia de los conflictos de la fase anal es el comienzo de la estructuración del superyó. La realización, más o menos obstaculizada, de los deseos de dominar la autoridad paterna y sus presiones de prohibición, hacen interiorizar las vivencias. Una vez interiorizadas, estas vivencias de autoridad y de prohibición se elaboran hasta formar una organización eficaz, precisamente el superyó. Al final de la fase anal, el preconsciente-consciente ha adquirido potencialmente el control de la motricidad corporal y la capacidad para modificar el mundo exterior. Además estaría equipado para responder adecuadamente a los dinamismos que brotan de los complejos inconscientes si el sujeto no estuviese limitado por su relación de objeto, aún de dos, planteando por eso un problema inextricable de ambivalencia.

Fase fálica

El desarrollo agresivo-sexual termina con esta fase que trae la estructuración de los complejos de Edipo y de castración. En efecto, en la fase fálica, las cargas se desplazan hacia la genitalidad y hacia la función de reproducción en el marco de una relación de objeto que es ahora triangular (niño, padre, madre). La dinámica de la fase fálica ofrece una solución relativa a la ambivalencia anal, pues la triangulación relacional permite cargar a uno de los padres según la modalidad sexual-amor y al otro agresividad-odio. Pero las vivencias edípicas plantean toda una serie de dificultades; chocan contra los tabúes del incesto y del homicidio; desencadenan los miedos de represalias; especialmente, hacen que las preguntas concernientes a la diferencia de sexos adquieran una dimensión extremadamente angustiosa: el problema presencia/ausencia de pene activa dramáticamente el espectro de la castración.
Con esta base, la dinámica fálica hace que surjan intensos deseos específicos: posesión por penetración, procreación incestuosa, eliminación homicida, venganza castradora... Estos deseos chocan contra incompatibilidades irreductibles (tabúes del incesto y del homicidio, angustia de castración, inmadurez biológica, dependencia de los padres). Las experiencias de satisfacción y de frustración a las que conduce la dinámica de realización de deseos fálicos son memorizadas por la represión y las vivencias que les son asociadas son interiorizadas.

Con las incompatibilidades que memorizan, los complejos de Edipo y de castración condensan necesariamente una tensión peligrosa para la integridad del yo. Este último debe pues controlar los deseos edípico-castradores por medio de una estrategia defensiva compleja. En primer lugar, potencia la represión para utilizarla como mecanismo de defensa. La represión defensiva tiene como consecuencia el imantar a los complejos inconscientes los objetos preconscientes que tienen correspondencias con ellos. Por su relación estrecha con lo reprimido, estos objetos adquieren un estatuto especial; son los equivalentes psicobiológicos38 de un reprimido: en lo sucesivo llevan algunas de sus informaciones y lo sustituyen para expresar su contenido de manera camuflada (he aquí un ejemplo simple: durante el análisis, la imagen de su pareja amorosa aparece como un equivalente-sustituto de la madre o del padre, objeto edípico reprimido). Si un equivalente-sustituto de objeto inconsciente se encuentra en relación demasiado patente con lo reprimido, su comunicación con la conciencia o con la motricidad puede ser bloqueada, entonces se producen nuevos deslizamientos energéticos hacia otros equivalentes, en los que el significado inconsciente se esconda mejor.

Después, el yo potencia la identificación y la idealización para controlar mejor los deseos. Por identificación, el yo se defiende de los deseos de posesión sexual y de eliminación agresiva creando estructuras inconscientes a imagen del padre objeto de esos deseos; así hace suyas sus cualidades (potencia, fecundidad, tenencia del pene...). Por idealización, el yo prolonga el proceso de identificación magnificando el objeto interiorizado hasta cargarlo de omnipotencia.

Las identificaciones e idealizaciones fálicas acaban de construir el yo y permiten una realización de los deseos puramente intrapsíquica (ya que el sujeto se ha convertido en lo que ha vivido en el exterior y los objetos de sus experiencias copulsionales están en lo sucesivo dentro de él). Aunque el yo obtenga así una mejor gestión de las tensiones, las defensas crean también tiranteces a veces dramáticas. Por un lado, existen identificaciones contradictorias y conflictivas a nivel del yo, de tal manera que su unidad se vuelve frágil. Sin embargo, las identificaciones y las idealizaciones llevan a la estructuración completa del superyó. Cuando se identifica a sus padres, el niño interioriza conjuntamente la relación de venganza punitiva que él les atribuía; estos conjuntos de representaciones-afectos se integran con la primera organización superyoica constituida en la fase anal y la completan. Por ejemplo, identificándose a su padre que él vive proyectivamente como furioso y castrador, el chico asimila su potencia y su capacidad de poseer sexualmente a la madre; de esta manera, se salva y salva la relación con su madre, pero asimila también la agresividad paterna: su superyó será su depositario y su yo vivirá desde entonces bajo esta amenaza interior.

Tabla 5:
Dinámica que emerge de los complejos
estructurados durante el desarrollo agresivo-sexual
Deseos Objetos Incompatibilidades Defensas Clínica
Fases iniciática y oral
Fusionar
Devorar
Canibalizar
Aglutinar Seno
y equivalentes
Componentes del niño y
de la madre
Rechazo
Abandono
Estallido
Aniquilación Renegación
Escisión
Idealización Psicosis
Patologías
Narcisistas
Fetichismo
Fase anal
Retener
Evacuar
Manejar
Controlar
Apropiarse
Dominar
Forzar Heces
y equivalentes
Esfínteres
Madre Tabúes del vacío y del tacto
Destrucción
Pérdida de objeto
Realidad Aislamiento
Anulación
Formación
reactiva Neurosis obsesiva
Sadismo
Masoquismo
Fase fálica
Incesto
Penetrar
Procrear
Matar
Eliminar Pene y equivalentes
Madre
Padre

 

Tabúes (incesto y homicidio)
Castración
Realidad

Represión
Proyección
Identificación
Idealización

 

Histeria de conversión o fóbica

 

 

El final de la fase fálica marca el término del desarrollo agresivo-sexual: las estructuras del inconsciente adquieren desde entonces su forma definitiva y ya no pueden aceptar más nuevos componentes39. El niño entra en período de latencia durante el cual identificaciones sellarán equivalencias psicobiológicas en las estructuras del preconsciente. Pero lleva en su reprimido todos los elementos, potencialmente explosivos, de los conflictos neuróticos del adulto. La tabla 5 proporciona un resumen.

Ramificaciones del inconsciente, repeticiones y conflictos psíquicos

A partir de la entrada en período de latencia, el inconsciente vivirá para siempre en el mundo cerrado de sus entidades-memorias que el proceso primario reactiva y desactiva constantemente. En términos económicos, si un complejo es activado, significa que se encuentra masivamente cargado. La tensión que alberga hacer surgir deseos cuya realización rebaja esta sobrecarga de tensión. Pero las incompatibilidades que los complejos inconscientes igualmente memorizan, tienden a obstaculizar esta realización. Es preciso pues que el conjunto representacional-afectivo de donde procede el deseo se modifique de manera que adquiera una forma propicia para una experiencia de realización. Bajo el efecto de las defensas, el bloque representaciones-afectos + deseo se elabora hasta conseguir una conformación energética y dinámica que le permita llegar al preconsciente-consciente y expresarse a través de la motricidad corporal.

Se llaman ramificaciones del inconsciente las formaciones preconscientes-conscientes o corporales que, fruto de la elaboración primaria, expresan una entidad inconsciente (representaciones-afectos + deseos + defensas). La noción de ramificación del inconsciente converge con la de equivalente psicobiológico. Pero mientras que la primera subraya el origen del fenómeno, la segunda privilegia la relación de significado de una ramificación y la tendencia a ponerse en ecuación de equivalencia. Tomemos como ejemplo el hecho de rascarse sin que corresponda a un prurito de origen corporal. Si lo calificamos de ramificación del inconsciente, significa simplemente que se trata de un reprimido que hace así su retorno; pero también se puede precisar su sentido interpretándolo como un equivalente masturbatorio.

Las ramificaciones del inconsciente transmiten a los niveles psíquicos superiores y a la motricidad briznas de memoria inconsciente (de manera deformada / camuflada) transportando las informaciones. A veces estas ramificaciones irrumpen en la conciencia conservando una señal evidente de su origen inconsciente, como sucede con los sueños, los lapsus o los síntomas neuróticos. Pero a menudo son elaborados secundariamente en el preconsciente hasta que puedan llegar de incógnito al consciente.

Ilustremos la formación de una ramificación del inconsciente con un ejemplo en el que es el núcleo fijo de un complejo el que está sobrecargado. Una parte de su sobrecarga de tensión, y por lo tanto de su trama mnémica, se desplaza sobre representaciones-afectos satélites del núcleo. Así, estos últimos se activan y condensan la información mnémica del núcleo con la suya. A partir de entonces se produce una proyección sobre un conjunto de representaciones-afectos exterior al complejo pero que presenta correspondencias con él. Menos aglutinado por la represión, la estructura de acogida se modela para entrar en la organización funcional del yo. Entonces, se presta al proceso de trasposición (gracias a la simbolización y / o a otros procesos plásticos de deformación) Cuando la energía está suficientemente elaborada, efectúa un salto cualitativo que la propulsa a otro nivel de realidad. Así, al final, se crea una formación de compromiso que transporta restos mnémicos e informaciones dinámicas (deseos-defensas) suficientemente camufladas para, según la metáfora de la primera tópica, haber podido pasar la censura entre el inconsciente y el preconsciente. Se podría decir que el inconsciente se ha liberado de un problema de tensión, conforme a su principio de placer, sin preocuparse lo más mínimo de las dificultades que sus ramificaciones pueden crear en otro sitio.

Resumiendo, encontramos en el corazón de las ramificaciones del inconsciente la memoria energética de sus complejos constitutivos. Es decir, estas ramificaciones expresan (de manera fragmentaria y deformada) las vivencias interiorizadas, los deseos específicos y sus experiencias de realización, las incompatibilidades y las experiencias de frustración, las defensas y sus lazos con la angustia y la culpabilidad.

Desde el punto de vista analítico, la investigación de determinadas formaciones preconscientes-conscientes se muestra particularmente fructífera porque las ramificaciones del inconsciente tienden a concentrarse en ellas. Estas son las manifestaciones privilegiadas del inconsciente: sueño, repetición, actos fallidos, lapsus, síntomas neuróticos. Aunque la expresión asociativa del contenido latente de estas formaciones conduce más directamente a lo reprimido y a los objetos inconscientes, no hay que perder de vista que el inconsciente se expresa en cada detalle de nuestra vida: las ramificaciones del inconsciente orientan todo el funcionamiento preconsciente-consciente y todas las conductas del sujeto; simplemente, el yo por lo general las ha integrado y elaborado tan bien que no se percibe. En suma, pasamos nuestra vida repitiendo. Inconscientemente los gestos y los hechos de nuestra existencia reproducen experiencias de satisfacción / frustración originarias, replican vivencias interiorizadas pasadas y dan cuerpo a los compromisos deseos-defensas que brotan de la represión.

En realidad, cuando hay un conflicto psíquico es cuando las capacidades de integración se encuentran desbordadas. En este caso, las ramificaciones del inconsciente expresan complejos muy cargados, sobre los que lo reprimido ejerce una presión tan fuerte que su elaboración es incompleta y tiende a retornar violentamente al preconsciente profundo. Un retorno de lo reprimido de estas características se alía difícilmente con el proceso secundario y tiende a tropezar con el principio de realidad. Es como si lo reprimido hubiese penetrado por efracción en el preconsciente: conservando parcialmente la organización energética del proceso primario, impone su ley a su estructura de acogida y la desorganiza.

Por regla general, el conflicto implica un tratamiento psicobiológico particular, la formación de síntomas. A causa de él, en los objetos preconscientes resuenan peligrosamente incompatibilidades contra las que chocan la realización de los deseos, lo que refuerza el erizamiento de las defensas provocada por la angustia o la culpabilidad. Al final, el preconsciente se vuelve inflexible ante los empujes copulsionales que intentan prolongar en la actuación las realizaciones de deseo inconsciente. Este no autoriza su prolongación más que a través de los síntomas que deforman el placer inconsciente hasta el punto de llegar a hacer de él una caricatura burlesca (Cf. por ejemplo el histrionismo del histérico) o expresarlo por medio de su contrario (Cf. por ejemplo las torturas morales del obsesivo).

El preconsciente desde el punto de vista micropsicoanalítico

Con lo dicho anteriormente se comprende que el preconsciente merezca ser rehabilitado en la teoría y en la practica analíticas. Revisada a la luz del micropsicoanálisis, la metapsicología clásica falta de rigor y a menudo sitúa en el inconsciente elementos que pertenecen de hecho al preconsciente profundo, como la simbolización, las estructuras relativas al lenguaje o la formación de síntomas.

Para el micropsicoanálisis, el preconsciente es el nivel de realidad psicobiológica en el que las ramificaciones del inconsciente, las ecuaciones de equivalentes psicobiológicos y los retornos de lo reprimido se conjugan con las estructuras mnémicas, sensoriales, vegetativas, motrices y asociativas del sistema nervioso central. En otras palabras, a nivel preconsciente el ello integra copulsionalmente la memoria inconsciente con el funcionamiento del sistema nervioso central: Las integraciones que tienen lugar a este nivel son de gran importancia analítica pues las copulsiones impulsan ahí tanto los movimientos ideativos y emocionales como la motricidad corporal propiamente dicha, voluntaria o no. Esto explica, por ejemplo, que medicamentos ansiolíticos (benzodiacepinas, betabloqueantes...) hagan disminuir los miedos histérico-fóbicos y su cortejo de síntomas neurovegetativos sin que su fuente inconsciente esté agotada. Pero también explica por qué esos mismos miedos y síntomas pueden desaparecer bajo el único efecto de la verbalización asociativa y de las revivencias analíticas.

Así pues, el preconsciente puede abordarse desde dos vertientes. Las neurociencias estudian su polo somático, tributario de las leyes biológicas y fisicoquímicas de las poblaciones neuronales, mientras que los analistas exploran su aspecto psíquico, gobernado por el proceso secundario y el principio de realidad. A este respecto, sería caricaturesco considerar al preconsciente como un bloque homogéneo, exclusiva y totalmente regido por el proceso secundario y el principio de realidad. Se debe más bien considerar que comporta (como el inconsciente) varios niveles de estructuración. Es la razón por la que los contenidos que vienen de sus profundidades hacia el consciente sufren una elaboración secundaria. Idealmente, esos contenidos no llegan a la conciencia más que cuando están bien elaborados. Pero, lo hemos visto con los retornos de lo reprimido y la formación de síntomas que este ideal a menudo es difícilmente alcanzado.

Desde el punto de vista analítico, el preconsciente profundo es particularmente interesante: por un lado, su estructura, sus contenidos y sus dinamismos son puestos en evidencia claramente por la verbalización asociativa, por otro lado las ramificaciones del inconsciente están ahí en estado puro. Este nivel tiene resonancias de la memoria inconsciente, hace eco a las experiencias copulsionales reprimidas, a las vivencias interiorizadas, a los deseos y a los fantasmas... y lleva aún la señal del proceso primario y del principio de placer.

Así pues, el preconsciente profundo proporciona la mejor imagen posible (sino la única) del inconsciente. En la práctica, la dinámica asociativa remonta a la elaboración secundaria y profundiza el material hasta los últimos tramos del preconsciente. De esta manera tenemos un testimonio fiable de los procesos inconscientes. En particular, se llega a reconstruir como las ramificaciones del inconsciente se han organizado en ecuación de equivalencias para poder expresarse en los síntomas, los actos fallidos, los lapsus y los sueños, pero también en los más mínimos detalles del pensamiento, del discurso o del comportamiento. En una palabra, el trabajo analítico descubre las interacciones preconscientes que trasmiten al sujeto las informaciones vitales almacenadas y elaboradas en su inconsciente.


 

 

 

 

 

 




 

 


 

 






 

 


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