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Introducción a la génesis de los conflictos psíquicos∗

Daniel Lysek.

Comunicación presentada en el Symposium de la SIM, con motivo de la celebración de los veinte años de su fundación, celebrado en Neuchâtel, los días 4,5 y 6 de junio de 1993.

 

Hablar de conflictos psíquicos equivale a tocar la esencia de lo humano, ya que son el origen no solamente de las neurosis, sino de todo lo que nos hace desear, pensar, sentir y obrar. Frente a un tema que comprende el conjunto del campo analítico, he tenido que organizar aquello de lo que iba a hablar. Dejaré a un lado la filogénesis, que constituye el objeto del trabajo presentado por V. Caillat1, y no volveré en detalle sobre los cuadros clínicos, explorados ya perfectamente por los clásicos; al contrario, me centraré en la ontogénesis de los conflictos; mi intención es la de precisar micropsicoanalíticamente por qué éstos resultan ineluctables y cómo se autoorganizan a partir de las experiencias copulsionales y de las vivencias uteroinfantiles. Así, después de un breve recuerdo de las investigaciones freudianas, abordaré el concepto de aparato psíquico con relación al modelo energético del micropsicoanálisis; esto me llevará a redefinir la noción de conflicto a dos niveles - las sesiones de larga duración sugieren efectivamente tomar en consideración, más allá del conflicto neurótico propiamente dicho, una conflictiva más fundamental - y terminaré diciendo algunas palabras acerca de la formación de síntoma.

Tópica clásica

Desde antes de 1900, Freud estableció que la etiología de las neurosis se encuentra en la oposición entre deseos inconscientes y defensas erigidas contra ellos2. A medida que se acumulaban las observaciones, este dato clínico se ha generalizado llegando a convertirse en el paradigma de todas las manifestaciones psíquicas. En efecto, se puede aplicar a cualquier contenido manifiesto lo que nos enseña la teoría de las neurosis: se trata de un compromiso entre fuerzas originariamente contradictorias, es decir en conflicto. Que este compromiso se incline más a realizar el deseo (formación sustitutiva) o a contrarrestarlo (formación reactiva), el caso es que ofrece cierta solución al conflicto que, en el caso ideal, concuerda con el yo y ya no se manifiesta más como tal.

Paralelamente a la generalización del dualismo conflictivo, la investigación analítica se ha profundizado hasta descubrir que, por muy lejos que se llegue en la investigación, existen siempre fuerzas opuestas que se pueden reducir a nuevas oposiciones que, en conjunto, sobredeterminan cierto síntoma, cierta imagen onírica, cierto sentimiento, o cierto razonamiento. Esto ha llevado a los psicoanalistas a diferenciar los constituyentes de innumerables organizaciones conflictivas cuyos principales tipos son los siguientes: conflictos de sistemas o de instancias (entre una presión del inconsciente y una resistencia del preconsciente-consciente, entre las capacidades del yo y las aspiraciones del ideal del yo, entre una intención del yo una reprobación del superyó...); conflictos en la relación de objeto (por ejemplo entre un objeto externo y un objeto interno, entre objetos parciales y un objeto total); conflictos de identificaciones (entre identificaciones paternas y maternas, entre identificación primaria y secundaria...); conflictos relativos a los deseos, bien sea porque se opongan los unos a los otros, porque tropiecen con prohibiciones o porque sean contrarrestados por defensas (como la oposición entre fines pasivos y activos, o entre los deseos incestuosos y el tabú del incesto, o entre un impulso reprimido y las fuerzas represoras); y por último conflicto pulsional (por ejemplo entre la sexualidad y la autoconservación, entre pulsión de muerte y pulsión de vida).

Es más, es bajo la impulsión de estos conflictos dinámicos y para intentar resolverlos económicamente como se estructura el psiquismo. En lo que a él respecta, el inconsciente memoriza representacional y afectivamente vivencias conflictivas agresivas-sexuales: en el curso de las fases del desarrollo, las representaciones y los afectos reprimidos se organizan progresivamente hasta formar estructuras complejas de las que surgen los deseos y las defensas; desde la gran represión de Edipo-castración, es decir alrededor del sexto año, el inconsciente se encuentra mnésicamente saturado y ha adquirido su estructura definitiva. A partir de entonces, todo síntoma neurótico (como todo contenido manifiesto) no es más que una exteriorización más o menos deformada de una conflictiva inconsciente, una repetición más o menos elaborada de vivencias primarias.

En otros términos, el adulto expresa continuamente la dinámica deseante- defensiva ligada a las vivencias agresivas-sexuales memorizadas en su
inconsciente antes del séptimo año. Este descubrimiento capital, como lo ha evocado Freud, implica que el psicoanálisis ha infligido al hombre su tercera gran humillación, después de la afirmación copernicana de que la Tierra no es el centro del universo y la demostración darwiniana de que el ser humano desciende del animal. Las consecuencias de esto son efectivamente inmensas. En el contexto que nos interesa aquí, no mencionaré más que una: en lo más profundo de cada ser humano normal dormitan conflictos neuróticos que, en el mejor de los casos, se manifiestan por medio de microsíntomas.

Para el psicoanálisis contemporáneo, parece desde entonces admitida la última causa de esta disposición natural a los conflictos psíquicos: más allá de las exigencias de la vida en sociedad, de la dependencia particularmente larga del niño, de sus necesidades relacionales y afectivas nunca colmadas por completo, de sus dificultades para someterse a la férula de la educación, de la inmadurez fisiológica del lactante y de los momentos de desamparo que vive, hay que buscarla en la oposición irreductible de Eros y de Tánatos. Si la experiencia micropsicoanalítica no tiende a cuestionar la existencia de la pulsión de muerte, no ocurre lo mismo con la mecánica íntima de los conflictos: para los clásicos, ésta se ajusta ampliamente al modelo freudiano del aparato psíquico, que nos parece que debe ser revisado.

A este respecto, hay que recordar que el aparato psíquico se apoya en un postulado fundamental que indica que Freud, neurólogo de formación, ha transpuesto al plano psíquico algunos de sus conocimientos biológicos y neurofisiológicos, lo que ha llevado por otra parte a F.J. Sulloway a calificarlo de “criptobiólogo”3. El aparato psíquico que Freud concibe comparte con el conjunto de lo viviente la característica de ser excitable y de tener que mantener constante su medio interno a pesar de un aflujo incesante de excitaciones. Dinámica y económicamente, el aparato psíquico funciona como un sistema reflejo que recibe excitaciones por su extremidad sensitiva y las descarga por su terminación motriz4; esta descarga en la motricidad tiende a restablecer la tensión psíquica a su mínimo fisiológico; y a la inversa, bloqueos en la descarga crean un aumento de tensión que da cuenta del conflicto psíquico.

Pero, paradójicamente, el aparato psíquico está mal articulado con lo corporal. Desde el punto de vista freudiano, las pulsiones no forman parte, como tales, del aparato psíquico. Están ancladas en lo biológico y se limitan a transmitir excitaciones a lo psíquico, imponiéndole un trabajo de metabolización energética. Aunque el inconsciente emana de lo corporal por mediación de representantes pulsionales (las representaciones y los afectos), esta especie de delegados de lo somático en lo psíquico tienen una autonomía total en el inconsciente y están completamente desligados de todo substrato corporal. Por otra parte, el aparato psíquico utiliza la motricidad como vía de descarga tensional, sin que se pueda precisar mejor este mecanismo, si no es por medio del modelo de la formación del síntoma histérico, es decir, de acuerdo con una representación simbólica del cuerpo, o sea ¡de acuerdo con una función puramente psíquica!

Freud era al mismo tiempo tributario del estado de las ciencias al final del siglo XIX y estaba tenazmente decidido a asegurar la independencia del psicoanálisis. En estas condiciones, le era ciertamente imposible conceptuar más claramente la unicidad mente-cuerpo.

Estos defectos del modelo freudiano afectan sobre todo a la primera tópica5, pero la segunda6 no les da ninguna solución. Es cierto que ésta tiene el mérito de atenuar su aspecto mecanicista, de colocar en su sitio justo (en el yo inconsciente) a los mecanismos de defensa, de mostrar su finalidad bajo el ángulo de la relación de objeto y de las identificaciones... en suma, de explicar los conflictos a la luz de organizaciones representacionales-afectivas estructuradas a lo largo del desarrollo y de poner en evidencia las relaciones intrasistémicas (es decir, en el seno mismo del inconsciente) entre las vivencias onto/filogenéticas, los deseos y las defensas. Gracias a esto, proporciona una clarificación indiscutible a la clínica y a las conductas humanas; he aquí algunos ejemplos: la segunda tópica ayuda a visualizar cómo el yo de una histérica se alía con el superyó (heredero de Edipo) no autorizando el coito más que al precio de una frigidez total, y realiza los deseos ligados a las identificaciones fálicas causando una rigidez de la columna vertebral; o cómo una depresión se desencadena después de una ruptura con una pareja sosia de uno de los padres: el polo agresivo de la ambivalencia angustiosa hacia el objeto parental es asumido por el superyó, que persigue al yo con su carga de odio; o también cómo una conducta de fracaso aparece a continuación de la marcha de un jefe de servicio y de la promoción que ésta ocasiona: el yo se defiende de haber realizado los deseos edípicos de asesinato y se prohíbe conseguir la potencia paterna memorizada en el ideal del yo.

Así, la segunda tópica se ha hecho indispensable para la práctica y para la teoría, pero ha mostrado al mismo tiempo sus límites. Mientras permanezcamos en el marco metapsicológico freudiano, es difícil enlazarla perfectamente con la primera. Esto ha conducido a numerosos psicoanalistas a no considerar más al inconsciente como un sistema, siguiendo por otra parte una indicación del mismo Freud7, y a dejar esfumarse así la separación radical entre inconsciente y preconsciente-consciente, con el riesgo de perder el primer significado de la represión: la inscripción definitiva de un contenido en un sistema mnésico y su sumisión definitiva al proceso primario.

En cuanto a la dinámica de los conflictos, la segunda tópica hace difícil la visualización del bloque funcional que forman deseo y defensa porque, reemplazando la noción de inconsciente como sistema por la de ello, los sitúa en instancias diferentes, lo que acentúa en cambio su antagonismo. Por consiguiente, tiene dificultades para darles un substrato coherente a la pulsión y al deseo: mientras que la dinámica pulsional se ve relegada al segundo plano del ello, éste pasa a ser la sede de los deseos inconscientes que, al mismo tiempo, se encuentran en un universo de caos8. Así se pierde de vista el aspecto altamente organizado de estos deseos y su arraigo en una estructura tan estable que perdura toda la vida.

Por lo que respecta a las defensas, la segunda tópica da lugar a menudo a una confusión entre los mecanismos que obedecen totalmente al proceso primario y los que dependen en parte del proceso secundario. Tomemos como ilustración la renegación de la realidad. Como defensa precoz en relación con la castración, es un mecanismo típico del inconsciente, pretendiendo pues exclusivamente conseguir el equilibrio tensional intrapsíquico en función de una vivencia reprimida e interiorizada (y no de una vivencia sensorial); pero encontramos a menudo este término empleado para significar, en el adulto, la escotomización de una realidad percibida, cuya mecánica se desarrolla de hecho a nivel preconsciente.

A fuerza de idealizar demasiado el aparato psíquico, ¿no hemos preparado el terreno a un “psicoanálisis” que deja a un lado pulsiones y deseos inconscientes en beneficio de un estudio casi exclusivo del yo? Por otra parte, la Ego psychology, que se concentra en los mecanismos adaptativos en detrimento de las relaciones con la agresividad-sexualidad reprimida, llega hasta concebir un “yo autónomo”, ¡libre de todo conflicto9! Si Lacan10 ha tenido el mérito de anatematizar esta deriva y de devolver toda su fuerza al deseo, no ha podido desgraciadamente recuperar la dimensión pulsional y psicobiológica, partiendo del a priori de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, acabando por preferir reemplazar la tópica freudiana por sus propias categorías.

Tópica micropsicoanalítica

En mi opinión, podemos recobrar el funcionamiento sistémico que preveía la primera tópica sin perder las ventajas operativas de la segunda, integrando estas dos topologías en un modelo basado en niveles de estructuración energética, como ha propuesto igualmente P. Codoni11. Esta “tópica energética celular” desarrolla a nivel psicobiológico el modelo de la organización energética del vacío presentado por Fanti12 y concuerda con dos postulados ampliamente consensuados en el pensamiento científico moderno:

Lo psíquico es indisociable de lo biológico. No sólo están en interacción permanente, sino que funcionan de manera totalmente interdependiente, tanto en el sentido psicosomático como somatopsíquico.

A su manera, el psiquismo entra en la lógica universal de lo viviente. Conserva y transforma energía, almacena y trata informaciones, mantiene y transmite una diferenciación con respecto al medio ambiente, es sensible a las modificaciones de este medio y responde a ellas.

De todo esto se concluye que lo psíquico comparte algunos de sus elementos constitutivos con lo biológico y, a partir de ahí, se postula que este denominador común es energético. Ya que todo lo que existe se reduce finalmente a energía, esta afirmación sería una perogrullada si no condujese a una modelización pertinente y verificable de la estructura psíquica: al igual que la materia está estructurada energéticamente por organizaciones de complejidad creciente hasta las múltiples expresiones de lo viviente (partículas, átomos, moléculas células, tejidos, órganos), el psiquismo se halla estructurado en organizaciones energéticas cada vez más especializadas en el seno de lo biológico (representaciones y afectos, conjuntos de representaciones y afectos, complejos, instancias).
Así se desprende una tópica psicobiológica en la que se considera al inconsciente y al preconsciente-consciente en términos de niveles de estructuración energética.

El inconsciente se define como el nivel de estructuración cuya energética está caracterizada por el principio de placer y el proceso primario. El preconsciente- consciente constituye un nivel de estructuración más elaborado, cuya
energética responde al principio de realidad y al proceso secundario. Cada uno
de estos dos niveles se diferencia en organizaciones energéticas que juegan un papel especializado; éstas son las instancias: yo, yo ideal, ideal del yo y superyó. En cuanto al ello, forma el crisol celular en donde, por movilización copulsional de la energía, el psiquismo se organiza específicamente e interactúa con los cromosomas, los tejidos y los órganos. Para completar, hay que añadir que cada uno de los principales niveles ofrece a su vez diferentes grados de estructuración que van, para el inconsciente, desde los conjuntos de representaciones o de afectos hasta los fantasmas y, para el preconsciente-
consciente, hasta los pensamientos y los sentimientos.

Desarrollemos ahora los aspectos de este modelo que son particularmente
Importantes para la comprensión de los conflictos psíquicos.

Elementos de una metapsicología de los conflictos

1) La génesis de los conflictos

A la luz de una tópica basada en organizaciones energéticas progresivas, se puede visualizar bien cómo los conflictos psíquicos proceden de las estructuras establecidas a lo largo del desarrollo uteroinfantil. Por la integración de representaciones y de afectos en núcleos que se enriquecen así cada vez más, se crean complejos, que llegan a ser fuentes de conflicto cuando se encuentran cargados de forma masiva. Veremos en efecto que determinada activación o reactivación nuclear da lugar a un conflicto específico.

Por otra parte, cada complejo cargado influye en la estructuración de complejos sucesivos y determina, tras deformación a nivel de la primera censura, la forma de los objetos preconscientes-conscientes. Es así además como la verbalización asociativa nos da acceso al inconsciente: aunque éste último no conozca ni el lenguaje gramatical ni las palabras, no cesa de expresarse en las estructuras de lenguaje del preconsciente; tenemos testimonios de lo que pasa a nivel del inconsciente en la medida en que el proceso primario infiltra las capas profundas del preconsciente y los objetos preconscientes-conscientes (y exteriores) hacen eco de objetos inconscientes.

2) La relación entre ello e inconsciente

Redefiniendo el ello como un lugar geométrico en el que la energía engendra una fuerza pulsional que actúa a su vez sobre la energía, se convierte ipso facto en el crisol psicobiológico de los conflictos. Igual que un planeta ejerce una fuerza gravitacional que va a atraer a un meteoro a su campo de atracción y provocar una deflagración, una entidad representacional-afectiva en la que se instala una tensión suscita una motricidad que da lugar a la estructuración/desestructuración energética de esta o de otra entidad. Por ejemplo, a nivel del inconsciente, un complejo de representaciones-afectos sobrecargado hace surgir un empuje (sexual y/o agresivo) que, ocasionando una disminución de la carga, creará una sobretensión en otra parte si este se encuentra en oposición con el dinamismo que engendra este otro complejo.

Con esta concepción del ello se perfila un modelo cibernético de activación/desactivación de los conflictos, ligado a la relación entre las representaciones-afectos y las copulsiones. En efecto, como sabemos, concebimos las representaciones-afectos como una huella psíquica dejada por un funcionamiento copulsional, como una modificación estructural que las copulsiones imprimen en una parte puntual del psiquismo. Pero las copulsiones emergen de estructuras que pueden ser tanto psíquicas como somáticas. Así, las representaciones-afectos son igualmente fuente de nuevas copulsiones cuyas huellas, por medio de círculos retroactivos, modificarán eventualmente algunos elementos de estructuras preexistentes.

3) El inconsciente

Es el nivel esencial de donde brotan los conflictos psíquicos porque en él se memorizan experiencias copulsionales discordantes y vivencias incompatibles (volveré sobre esto) bajo la forma de complejos representacionales y afectivos que suscitan los deseos y las defensas.

En efecto, el inconsciente se presenta como un sistema de memoria y de tratamiento de informaciones que provienen del funcionamiento copulsional. Las representaciones-afectos son las entidades-memorias elementales de este sistema; dicho de otra forma, en una concepción energética, las representaciones-afectos son en sí mismas nuestras huellas mnésicas inconscientes, y su organización compleja establece nuestros sistemas mnésicos de base de acuerdo con el principio de placer y el proceso primario.

¿Cómo se puede visualizar esto? Una representación o un afecto consisten en una microestructura inscrita en la energía psicobiológica por una experiencia copulsional particularmente intensa y/o repetitiva sobre la que se ha llevado a cabo la represión. Una representación memoriza la cualidad de lo que se ha experimentado copulsionalmente, por ejemplo cierta frecuencia vocal de la madre, cierto componente gustativo de su leche, cierto grano de su piel, cierta sensación al contacto de determinada materia u olor, cierta presión ejercida a nivel de una zona erógena, etc. En lo que se refiere al afecto, éste memoriza la intensidad de la experiencia.

En el trabajo de sesión, hacen falta largas líneas asociativas para llegar a estos componentes elementales, ya que se ha producido una importante elaboración inconsciente entre las unidades elementales de memoria y los recuerdos sofisticados que se expresan en el material. La elaboración inconsciente crea organizaciones de representaciones-afectos cuyo conjunto determina la estructura del inconsciente. Para explicar esto, hay que recurrir a los mecanismos que denominamos elementales (desplazamiento y condensación) y a los que se consideran como efectivamente estructurales: la represión, la proyección y la identificación.

A merced de los desplazamientos-condensaciones de la energía libre, algunas representaciones-afectos se convierten en sitios privilegiados de carga: Ya que el psiquismo humano se caracteriza por su capacidad de asociar, representaciones-afectos relativamente similares (es decir que representan una compatibilidad energética) se interconectan sólidamente cuando están cargadas y forman desde entonces un conjunto compacto. Todo ocurre como si, cuando algunas representaciones-afectos están sobrecargadas, la formación de una organización representacional-afectiva repartiese el exceso tensional sobre el conjunto y satisficiese así al principio de placer, al precio de un relativo bloqueo energético en la estructura.

Este conjunto de representaciones-afectos fijadas (u originariamente reprimidas) forma un núcleo fijo en el que se aglomeran poco a poco otras representaciones-afectos, portadoras de la información de experiencias copulsionales ulteriores pero similares a las experiencias originariamente reprimidas. La represión posterior, que es de la que se trata aquí, constituye un complejo de representaciones-afectos sólidamente imbricadas13; éste memoriza experiencias copulsionales análogas, de las que va en cierta manera a sacar un esquema dinámico tipo (veremos su importancia en la realización de los deseos).

Más concretamente, las estructuras inconscientes memorizan también las cargas que han guiado la pulsionalidad subyacente en el funcionamiento del aparato perceptivo-sensorial. Esto significa que están representados en el inconsciente, de manera totalmente interactiva, por ejemplo la disposición de cierto empuje copulsional a generar angustia y/o culpabilidad, la dinámica objetal propia para procurar placer o displacer, los fines que ocasionan una satisfacción o una frustración... La memorización estructural de las experiencias copulsionales claves de la vida uteroinfantil se traduce por la presencia, en el inconsciente, de patrones de acción motriz - o esquemas dinámicos - que dan lugar a los deseos, las defensas y los fantasmas.

Así, micropsicoanalíticamente hablando, la represión tiene una triple función, que corresponde a tres niveles de acción: suscita la memorización inconsciente bajo la forma de representaciones-afectos; después actúa como mecanismo eficiente del inconsciente remodelando esta memoria (por eso es interesante considerarla como un mecanismo estructural); por último, puede elaborarse como mecanismo de defensa cuando hay una necesidad en relación con la tensión.

Con respecto a la proyección y a la identificación, éstas se combinan con la represión para crear la estructura inconsciente y, como aquélla, pueden secundariamente instituirse como defensas. La proyección expulsa copulsionalmente la carga de un complejo sobre otro, modelándolo así a su imagen. Antes de ser un mecanismo de defensa que embauca al yo transponiendo en el exterior algo que es propio de ella, es pues esencialmente intrapsíquica y estructural. La identificación utiliza el mismo proceso, pero a la inversa: antes de ser reutilizada defensivamente, en relación con los objetos externos, es un mecanismo formativo de estructuras psíquicas, ya que modela complejos representacionales-afectivos copiándolos de objetos copulsionales fraguados en el molde de la incorporación o de la introyección. La conjunción de los mecanismos elementales (desplazamiento-condensación) y estructurales (represión-proyección-identificación) para formar un complejo que memorice en un conjunto experiencias copulsionales análogas conduce a la interiorización de una vivencia.

Ilustremos la formación de un complejo con el ejemplo de un núcleo oral, al que se han agregado componentes anales y más tarde fálicos. Entre los numerosos determinantes de este complejo, sólo mencionaré algunos elementos etiológicos de una sintomatología abandónica en el caso de un hombre de unos treinta años: estados febriles que aparecen varias veces cada año y que no han encontrado ninguna explicación médica convincente; repeticiones amorosas caracterizadas por la necesidad de conquistar a una mujer y, una vez que han tenido relaciones sexuales, por una terrible decepción que le lleva al rechazo de la persona seducida; períodos de melancolía en el curso de los cuales lleva una vida recluida y ascética en el aspecto alimentario.

A lo largo del trabajo analítico, estas manifestaciones toman un sentido abandónico formando progresivamente una línea asociativa de la que voy a revelar algunos momentos importantes. El analizado descubre que sus períodos de melancolía, que siempre los ha atribuido a sus fracasos sentimentales, están desencadenados por la ingestión, en determinadas circunstancias, de alimentos que evocan la leche (por su sabor, su olor, su color o su consistencia). Más tarde recuerda una enfermedad infecciosa que su madre tuvo cuando él tenía 6 ó 7 meses y que había necesitado una hospitalización bastante larga, durante la cual él estuvo viviendo en casa de una nodriza. Tiene la sensación de que en aquella ocasión vivió una separación dramática y revive sobre el diván experiencias de rabia insoportables, ¡a tal punto cargadas de culpabilidad! A partir de estas exteriorizaciones afloran, a lo largo de varias sesiones, las representaciones-
afectos reprimidas que constituyen las unidades-memoria de esta vivencia
interiorizada: la piel cálida y húmeda de su madre, la intensidad de su
desamparo durante su ausencia, el color de las papillas que vio por primera vez, el desagrado de este nuevo modo de alimentación sinónimo de rechazo, la indiferencia de aquella extraña que respondía con retraso a sus llamadas angustiosas...

Se había identificado pues con los signos de la enfermedad materna (que confirmaban también su presencia) y repetía en su vida amorosa las vivencias de fusión/desfusión oral; pero esta repetición estaba influenciada por conjuntos de representaciones-afectos estructurados en la fase anal (en donde la incorporación se había transformado en lo contrario, lo cual le conducía a proyectar la mala madre sobre algunas representaciones de la vida social y de la alimentación, y después a expulsarla mágicamente por medio del rechazo de contactos y de una alimentación normal), y después en la fase fálica (las mujeres que conquistaba tenían algunas características de la madre edípica y repetía con ellas, tanto en la etapa de seducción como en la de decepción/rechazo, el destino de sus deseos edípicos).

Volviendo a la teoría de los conflictos, las representaciones-afectos reprimidas y las vivencias interiorizadas constituyen igualmente el vehículo de nuestra memoria inconsciente. Por desplazamiento-condensación-proyección-
-identificación, un conjunto de representaciones-afectos (que corresponde a
una vivencia interiorizada) transmite su stock de informaciones a otro conjunto,
que se convertirá en portador de un significado nuevo y que a su vez lo transmitirá. Como la dinámica inconsciente ignora el principio de no contradicción, las informaciones intercambiadas pueden entrechocarse explosivamente y combinarse de manera discordante. En realidad, estos intercambios aclaran la formación de las series ecuacionales de equivalentes psicobiológicos y su conjugación conflictiva que encontramos en cada análisis. Veremos, con las incompatibilidades esenciales, por qué la transmisión de la información es necesariamente conflictiva, pero antes quiero subrayar que la memoria inconsciente forma un verdadero sistema cibernético que entra en juego en cualquier conflicto neurótico, incluidos los que parecen estar relacionados únicamente con la actualidad (de la realidad exterior o de un proceso biológico)14.

Dicho de forma más simple, la clínica nos sitúa delante de un enigma. Por una parte, sabemos que los complejos representacionales-afectivos explicativos de los conflictos psíquicos están definitivamente estructurados al final de la primera infancia, que todas las producciones psíquicas se originan en el inconsciente y que están permanentemente alimentadas por él en un flujo que va de lo latente a lo manifiesto. Por otra parte, la experiencia muestra que el adulto, de acuerdo con las circunstancias de su vida, presenta exacerbaciones o remisiones sintomáticas; así pues, todo ocurre como si el conflicto neurótico fluctuase en función de modificaciones biológicas y/o medioambientales. Nuestro modelo energético permite concebir una respuesta a esta paradoja: la cibernética copulsional, que pone los objetos inconscientes en comunicación con los objetos preconscientes y las poblaciones neuronales especializadas (sensaciones-percepciones), podría funcionar por resonancia de entidades que presentan correspondencias energéticas (como una vibración sonora hace resonar algunos materiales o como los impulsos eléctricos hacen vibrar la membrana de un altavoz); normalmente, esta transmisión por resonancia conduciría a un equilibrio global de los diferentes sistemas que componen al ser humano pero, en algunas circunstancias, se produciría una amplificación inoportuna, como un efecto larsen, que puede llegar hasta hacer estallar una estructura (como las trompetas de Jericó o el paso acompasado de una tropa sobre un puente); este sería el caso cuando un suceso exterior resuena en una estructura del preconsciente que, a su vez, es activada por transmisión de una información conturbadora inconsciente; la resonancia entre lo actual/exterior y un pasado en retorno de lo reprimido crearía entonces una amplificación a nivel preconsciente, cuya traducción sería una erupción sintomatológica.

4) La noción de incompatibilidad

En cada fase del desarrollo agresivo-sexual, los deseos encuentran en su camino incompatibilidades dinámicas que impulsan la represión y las defensas sucesivas. Como esta noción es muy importante para la comprensión del conflicto, vale la pena poner algunos ejemplos. En la fase iniciática-oral, los deseos fusionales se topan con las vivencias de rechazo materno consecutivas a la devoración canibalística; igualmente, la vivencia de omnipotencia narcisista choca con la de fragmentación desfusional. En la fase anal, la retención posesiva es incompatible con la dádiva amorosa, que a su vez tropieza con la pérdida castradora; el erotismo táctil moviliza a la inconciliable carga agresiva del tacto, lo mismo que los deseos de dominio sadomasoquista chocan con la educación esfintérica y ocasionan una angustia de separación inaceptable. En la fase fálica, es la presencia/ausencia de pene la que plantea un problema insoluble; además, los deseos de penetración y de procreación son incompatibles con los tabúes de incesto y de asesinato, así como con la realidad.

En suma, por mucho que se profundice, se constata la existencia de incompatibilidades irreductibles; nos encontramos frente a un dualismo que se sobredetermina cada vez más, pero que no desvanece. Estas incompatibilidades corroboran la intuición freudiana de que la vida psíquica es conflictiva por naturaleza. Como éstas repercuten de nivel en nivel, parecen provenir de una incompatibilidad intrínseca del ser animado. Micropsicoanalíticamente, esto correspondería a una no-sinergia esencial entre las pulsiones de muerte y de vida, que crea una tensión necesariamente desequilibrante en la energética de las entidades, de la que da cuenta la noción de incompatibilidad energía-vacío15.

Definiciones de conflictos

Ahora que ya están enunciados los principales puntos metapsicológicos que permiten describir la naturaleza íntima de los conflictos, he aquí una definición general: un conflicto psíquico es la traducción de incompatibilidades inconscientes con las que el deseo se tropieza en la vía de su realización, que son memorizadas en complejos de representaciones-afectos, y después cibernetizadas por la dinámica pulsional.

Ahora se trata de desarrollar estas generalidades para aplicarlas a los diferentes tipos de conflictos y a sus particularidades. Con este objetivo, distinguiré dos niveles de conflictualidad, el primero me parece constitutivo del ser, y el segundo corresponde a la estructuración verdaderamente defensiva del nivel precedente.

 

1) Los conflictos constitutivos

Me gustaría intentar modelizar lo que sucede con la realización de los primeros deseos que aparecen durante el desarrollo uteroinfantil. En primer lugar hay
que precisar que estos deseos son primarios porque preceden a los deseos específicos y forman su prototipo; pero no surgen de una vez al principio de la existencia: se constituyen a todo lo largo del desarrollo uteroinfantil.

Cuando un complejo es activado por la dinámica inconsciente (es decir cuando las representaciones que lo componen se cargan masivamente), se convierte en el foco de una sobrecarga tensional que, para satisfacer al principio de placer, debe disminuir movilizando copulsiones apropiadas. Como la dinámica depende de una estructura, las copulsiones movilizadas tienen una libertad de acción limitada: sus características están sometidas a los esquemas dinámicos memorizados estructuralmente. Ahora bien, esto constituye precisamente el deseo. Un deseo inconsciente corresponde a un esquema dinámico que especifica el modo de disminución de la carga tensional de un conjunto de representaciones-afectos activado. Y la realización del deseo se hace por medio de la acción motriz de las copulsiones. Evidentemente, esta motricidad hay que entenderla en el sentido analítico de movimiento de carga, e implica tanto una realización psíquica y onírica como una realización por medio del acto; por otra parte, como se sabe, la realización psíquica es primara, el acto sólo es su prolongación.

Si nuestra psicobiología no funcionase de manera cibernética y si el inconsciente no memorizase incompatibilidades esenciales, el ciclo deseo/acción específica/realización de deseo no plantearía ningún problema - ¡pero el ser humano no tendría nada que ver con lo que es! En realidad, parece al contrario que la puesta en marcha de un esquema copulsional para realizar el deseo repercute ipso facto sobre esquemas incompatibles con el primero y los activa energéticamente. Ya que el inconsciente funciona de acuerdo con el todo o nada, la alternativa es simple: a) la acción específica tropieza directamente con una incompatibilidad en su camino y la realización del deseo está obstaculizada; tenemos aquí una experiencia de frustración que deja subsistir un exceso tensional; b) la acción específica no choca con ningún obstáculo directo, pero activa una incompatibilidad memorizada en otra estructura; la experiencia de realización disminuye la tensión en un sitio aumentándola en otro, y esto da lugar a una distorsión tensional. Lo cierto es que, en los dos casos, hay un conflicto de incompatibilidades que va a ser memorizado.

Así, el conflicto constitutivo consiste en la coacción que una incompatibilidad esencial ejerce sobre la realización de un deseo primario y que engrana con una elaboración por parte de los mecanismos elementales y estructurales del inconsciente.

En efecto, la reacción vital a este conflicto de incompatibilidad es de nuevo la represión. Por medio de esta operación, deseo e incompatibilidad se aglutinan definitivamente y se van a elaborar conjuntamente de acuerdo con el proceso primario, lo que conduce a una reorganización de su esquema copulsional.
Tenemos pues en este nivel las primeras diversificaciones de destino copulsional, en particular el reemplazamiento de un fin activo por un fin pasivo, un desplazamiento de fuente, la elección de un nuevo objeto-fin...

El término de defensa, en el sentido clásico, parece inapropiado para calificar este fenómeno; se trata más bien de una estructuración fisiológica del deseo y de la incompatibilidad en un núcleo que memoriza una nueva acción específica apta para hacer recuperar o para mantener una relativa homeostasis tensional. En otros términos, por una modificación de su esquema dinámico, el deseo primario se va a transformar en deseo específico, es decir en un deseo que tiene un dinamismo estrictamente determinado por las particularidades erógenas, agresivas y objetales de la fase en la que se constituye.

En lugar de considerar el conflicto constitutivo como neurótico - y de acercarme a las concepciones de Bergler16 -, diría que éste instaura al ser humano como ser de incompletudes y más prosaicamente que establece las bases del yo inconsciente. Durante el desarrollo, las experiencias de realización se agregan unas a otras, constituyendo nuevas vivencias que se integran en el núcleo de otras representaciones-afectos. En función de las incompatibilidades en las que se encuentran estas vivencias, las experiencias de realización y de frustración chocan entre ellas y conducen a un aumento peligroso del nivel de angustia. A partir de entonces, además de los mecanismos estructurales, la dinámica inconsciente va a poner en marcha los mecanismos de defensa. Erigidos para atenuar las consecuencias de incompatibilidades esenciales, ¡estos tendrán por efecto crear un verdadero conflicto neurótico!

Pero antes de llegar a las neurosis, me gustaría precisar que a mi juicio estas concepciones metapsicológicas distan mucho de presentar únicamente un interés conceptual. Aunque es cierto que dan buena cuenta de la realidad, permitirán también describir mejor la dinámica íntima de varios procesos determinantes para la vida psíquica del adulto; situando en esta estructuración de base algunos dinamismos a los que, a veces por facilidad, se relaciona directamente con el terreno o con la filogénesis, se podría calibrar mejor la parte que ha tomado aquí la ontogénesis. Por ejemplo, un análisis profundo del famoso “masoquismo femenino” conduce muchas veces a vivencias interiorizadas a partir de la sinapsis madre-hijo, que han estructurado muy precozmente fines pasivos a las copulsiones agresivas y sexuales; igualmente se pueden atribuir a un conflicto constitutivo algunas somatizaciones asmatiformes o eczematosas que surgen, más allá de la atopía17 evocada con frecuencia, de una tendencia al cierre esfintérico estructurado antes del conflicto anal específico; lo mismo pasa con la importante participación de Edipo negativo en la homosexualidad.

Por otra parte, contribuirán, si me permiten la expresión, a “despatologizar” la comprensión de los conflictos fundamentales, pues estos procesos parecen tan fisiológicos como el desarrollo de anticuerpos frente a antígenos. Saber esto podría ayudar a los terapeutas a intervenir adecuadamente – es decir sin correr el riesgo de lesionar una estructura vital esperando romper una defensa – y contribuir a que los nuevos analistas se sitúen perfectamente en el avance de un análisis; efectivamente, aunque no sea raro que el trabajo permita situar rápidamente tales dinamismos18, no hay que interpretarlos antes de que el conflicto neurótico esté bien analizado.

Pasemos ahora al nivel siguiente, donde se forma la neurosis propiamente dicha y cuya comprensión representa, en la práctica, la parte más importante del trabajo analítico. Este nivel conflictivo es el de los deseos específicos contrariados por defensas específicas.

2) Los conflictos neuróticos

Comencemos por la constitución de los deseos específicos. Lo que se memoriza a nivel constitutivo es activado/desactivado continuamente por medio del trabajo de los sueños y por lo que vive el niño. Como ya hemos visto, la realización conflictiva de los deseos primarios a causa de las incompatibilidades deja desarrollarse una sobrecarga tensional que, para resolverse, impulsa a una elaboración inconsciente. Esto implica la puesta en marcha de copulsiones específicas de cada fase del desarrollo, en particular las que se refieren a las zonas erógenas y a la relación de objeto. Y esto condiciona experiencias copulsionales y vivencias que, a causa de su intensidad y/o de su carácter repetitivo, van a ser a su vez objeto de represión y de interiorización. Así se encuentran memorizadas en el inconsciente fuentes, objetos, fines y destinos copulsionales que imprimen a los deseos una especificidad dinámica sumamente precisa: la reducción de tensión sólo se podrá realizar utilizando un esquema repetitivo, basado en particular sobre algunos equivalentes psicobiológicos que han adquirido un sentido especial (ligado a acciones específicas) y sobre las circunstancias de satisfacción o de frustración. La especificidad de estos deseos no es pues solamente agresiva o sexual, sino de fuente y de objeto-fin.

Evidentemente, desde el punto de vista tópico, hay que situar los deseos específicos en el inconsciente, pero algunos pueden elaborarse hasta alcanzar una zona de transición entre el inconsciente y el preconsciente y, después de una deformación más o menos importante, pasar a las capas profundas del preconsciente; en términos de instancias, se sitúan en el yo.

Se trata pues, para el yo, de conseguir la realización de los deseos de los que él es depositario; pero tiene que tener en cuenta las incompatibilidades ineluctables que hacen conflictiva esta realización, incluso el mismo deseo, ya que contiene el esquema de su realización. El yo inconsciente pone pues en marcha una estrategia complicada (que es sin embargo la única posible en este momento evolutivo): superespecializa algunos de sus conjuntos de representaciones-afectos para que de ellos surjan dinamismos que puedan actuar sobre el deseo y que puedan, de acuerdo con las reglas del proceso primario, hacerlo compatible con la homeostasis global del sistema; éstos son los mecanismos de defensa. Son específicos, pues ellos también están ligados a estructuras y relaciones de objeto características de una fase del desarrollo.

En su acción, la defensa es por supuesto dinámica pero, desde el punto de vista micropsicoanalítico, tiene una base estructural: se basa en una reestructuración energética que determina, asumiendo mecanismos elementales y eficientes del inconsciente, la remodelación de algunos esquemas copulsionales. Así, los mecanismos de defensa parecen tener claramente el mismo substrato económico-dinámico que los deseos. No es por supuesto una coincidencia que esta modelización, que tiende a unificar las fuerzas, vaya en el mismo sentido que las ciencias exactas actuales. En todo caso, explica de manera satisfactoria, por una parte, por qué los mecanismos defensivos resuelven parcialmente una incompatibilidad esencial y ofrecen una solución relativa de descarga tensional, aunque sea al precio de fastidiosos síntomas; y por otra parte, por qué nuestro trabajo se interesa ante todo por los deseos y no por las defensas como tales: en función del deseo, la defensa tiende automáticamente a reestructurarse cuando la dinámica asociativa pone en evidencia la dinámica de un deseo específico.

Ahora disponemos de todos los ingredientes para definir el conflicto neurótico. El conflicto neurótico consiste en la coacción, ligada a una incompatibilidad particular de una fase del desarrollo, que un mecanismo de defensa ejerce sobre la realización de un deseo específico.

Como se sabe, tales conflictos inconscientes constituyen la etiología de las neurosis. Ya que he optado por no tratar en detalle su clínica, me limito a dar algunas ilustraciones de ellos, simplificadas en extremo, en el cuadro siguiente. Recordando las incompatibilidades detalladas anteriormente, pone en paralelo algunos deseos específicos, las defensas que éstos suscitan y las consecuencias clínicas potenciales:

Fase oral
Deseos Objetos Incompatibilidades Defensas Clínica
Fusionar
Devorar
Canibalizar
Aglutinar Pecho
y equivalentes
Componentes
del niño y
de la madre Rechazo
Abandono
Fragmentación
Aniquilación Renegación
Escisión
Idealización Psicosis
Patologías
Narcisistas
Fetichismo
Fase anal
Deseos Objetos Incompatibilidades Defensas Clínica
Retener
Evacuar
Dominar
Controlar
Someter
Forzar Heces
y equivalentes
Esfínteres
Madre Tabúes del vacío
y del tacto
Destrucción
Pérdida de objeto
Realidad Aislamiento
Anulación
Formación
reactiva Neurosis
obsesiva
Sadismo
Masoquismo
Fase fálica
Deseos Objetos Incompatibilidades Defensas Clínica
Incesto
Penetrar
Procrear
Matar
Eliminar
Pene
y equivalentes
Madre
Padre Tabúes (incesto
y asesinato)
Castración
Realidad Represión
Proyección
Identificación
Idealización Histeria
de conversión
o fóbica
Antes de pasar a la formación de síntoma, y como introducción, me gustaría resumir por medio de un ejemplo los dos niveles de conflictiva inconsciente. Una mujer joven - la llamaremos Carole - pidió una cita para comenzar un análisis, y en la entrevista preliminar hablaba de un conjunto de dificultades relacionales, las más importantes de las cuales se situaban en su pareja; ella las atribuía al carácter de su marido, al que describía como un hombre machista, poco sensible y egoísta; decía que la vida conyugal era menos problemática mientras ella hacía innumerables concesiones, pero se sentía tan humillada desde hacía algunos meses que había dejado de cumplirle sus caprichos; los conflictos eran en ese momento tan violentos que se habían planteado una separación; esta eventualidad le daba mucho miedo, de ahí su petición de comenzar un análisis.

Hacía recaer sobre su marido toda la responsabilidad de las desavenencias y subrayaba que la sexualidad no tenía que ver con todo esto: mencionaba de pasada un vaginismo que minimizaba precisando que su marido y ella “estaban muy poco interesados en estas cosas”. En cambio, se extendía ampliamente sobre su vida profesional y, en particular, sobre un conflicto con su director que le reprochaba, sin razón, tomar iniciativas sin pensarlas; como prueba de sus capacidades, insistía sobre el hecho de que obtenía mejores resultados que los demás comerciales.

En el curso de las primeras sesiones, los recuerdos de su infancia aparecían difícilmente; se quejaba de no haber conocido prácticamente a su padre; delegado de una importante empresa en un país lejano, murió en el extranjero cuando ella tenía cinco años; de su madre hablaba poco, sólo para decir que su vida de viuda obsesionada por la limpieza de su casa y por la administración de su renta había constituido siempre un modelo para no imitar. Sin embargo, afloraba poco a poco un material claramente edípico; en particular, tomaba conciencia en el curso del estudio de las fotografías de que su marido y el amigo con el que ella había vivido anteriormente tenían un asombroso parecido con su padre. Elaborando un sueño de trenes, se acordó de que, al final de su infancia, le aterrorizaban las locomotoras de vapor; gracias a la electrificación de la red ferroviaria, esta fobia no se había manifestado nunca más y la había olvidado pero, durante esta sesión, la asoció con un malestar acompañado de vómitos que había tenido dos o tres años antes, en una excursión en la que vio precisamente un tren movido por vapor.

Este material sería tomado de nuevo varias veces. Después de que Carole dibujó los planos de las casas en las que había vivido, su elaboración tomó un aire nuevo: de ahí surgió una reviviscencia de escena primitiva que proporcionó, entre otras cosas, la clave de su sintomatología histerofóbica. He aquí la reconstrucción. En un primer tiempo, la pequeña Carole se había identificado masivamente con su madre penetrada/agredida, realizando así un deseo primario de fusión incestuosa que copulsionalmente había hecho emerger el fantasma de los padres acoplados; pero el placer experimentado era incompatible con una vivencia de efracción-laceración por medio del pene; esta vivencia mortífera había hecho pues surgir una intensa angustia de separación. Junto con la represión y la interiorización de estas vivencias conflictivas, se había producido una transformación en lo contrario: el deseo primario de fin pasivo se había transformado en deseo de penetrar, correlativamente a una identificación con el agresor. Lo que se había producido a este nivel había, en particular, hecho de Carole una mujer profesionalmente dinámica, que había escogido inconscientemente una actividad similar a la de su padre, que realizaba de manera muy agresiva.

En el nivel siguiente, la realización de los deseos fálicos había tropezado con el complejo de castración, las prohibiciones superyoicas y la pérdida real del padre, conduciendo a experiencias de frustración y a la puesta en marcha de una compleja organización defensiva neurótica; por ejemplo, la represión había sido potenciada defensivamente hasta movilizar copulsionalmente la mecánica esfintérica (vómitos, vaginismo, rechazo de relaciones sexuales...); la proyección se había convertido en una defensa eficaz (el falo peligroso era proyectado sobre las locomotoras de vapor; Carole proyectaba sobre su marido y sobre su director la agresividad ligada a la imagen paterna y provocaba inconscientemente las disputas conyugales y los conflictos profesionales...; lo mismo ocurría con la identificación (Carole se había identificado negativamente con su madre y fálicamente con la actividad del padre; había proyectado el odio que ella había supuesto que tenía este último cuando le privó de su presencia objetal muriendo...).

Señalemos todavía - pues esto ilustra igualmente los dos niveles - que en el curso de su análisis, Carole descubrió el placer genital, pero en una sola posición, a horcajadas sobre el hombre tendido boca arriba, y que conservó todo su dinamismo comercial.

La formación de síntoma

Esta está en función de la fuerza del conflicto: deseos específicos/defensas específicas. Más concretamente, la intensidad de los deseos inconscientes condiciona la intensidad de la represión y de la interiorización de las vivencias uteroinfantiles; cuando los deseos reprimidos son especialmente potentes, movilizan un dinamismo defensivo a su medida hasta en el preconsciente-consciente, que confirma las incompatibilidades primarias y la organización defensiva. Las ramificaciones del inconsciente alertan por resonancia a la memoria preconsciente que responde por medio de una rigidización a las señales de angustia y de culpabilidad que ella emite. El preconsciente se hace menos permisivo a las ramificaciones del inconsciente y no autoriza a las copulsiones a proseguir, de acuerdo con el proceso secundario y explotando la realidad exterior, con la realización inconsciente de los deseos. En términos de sinapsis, esto correspondería a una disfunción o a bloqueos en las transmisiones sinápticas entre el inconsciente y el preconsciente, y después entre éste y el consciente o lo corporal. Por medio de circuitos retroactivos, estas disfunciones pueden originar una tensión intolerable en lo reprimido, que va a retornar de forma masiva bajo la forma de una ramificación poco elaborada secundariamente, es decir bajo la forma de repetición y/o de síntoma.

En la génesis de las repeticiones y en la formación de síntomas, hay que atribuir pues un papel importante a la sinapsis inconsciente-preconsciente y a las capas profundas del preconsciente. Por una parte, en este nivel tienen lugar elecciones de objetos, de fines y de destinos copulsionales que son determinantes en la vida cotidiana. Por otra parte, intervienen aquí interacciones decisivas con las estructuras neurofisiológicas y con la realidad exterior. Así encontramos de nuevo un funcionamiento cibernético a nivel preconsciente. La cibernética preconsciente, que pone en relación interactiva lo psíquico, lo corporal y el mundo ambiente, aparece incluso como el efector psicobiológico del inconsciente. Esta noción explica, por ejemplo, por qué un conflicto del yo se exacerba en el caso de la pérdida de un objeto exterior o cuando se encuentra en presencia de un objeto que tiene una relación conflictiva con deseos reprimidos; y cómo este conflicto puede al contrario atenuarse cuando la realidad ofrece objetos adecuados o satisface a fines más sublimados. Y por supuesto contribuye a situar el impacto de un análisis.

Ahora se comprende mejor seguramente que con el modelo presentado aquí, resulta caduco el del arco reflejo. En efecto, la sobretensión desestructurante/reestructurante ligada a los conflictos inconscientes puede encontrar una explicación convincente en las incompatibilidades, que son contradicciones informativas, y en la cibernética de las copulsiones, que disminuye la tensión en un sitio aumentándola en otro. Este modelo es tan satisfactorio que, en vez de excluir la influencia de estímulos exógenos, los integra perfectamente a nivel preconsciente.

A este respecto, y para concluir, me gustaría volver sobre las reactualizaciones de conflictos uteroinfantiles que acompañan a algunos cambios biológicos (nacimientos, duelos, emigración, paro...). ¿Qué pasa con los núcleos conflictivos del inconsciente? Parecen reactivarse cuando la cibernética copulsional perturba alguna transmisión sináptica en el hiato de separación inconsciente-preconsciente o en las capas profundas del preconsciente. Pero hay que preguntarse si esta reactivación es una realidad o una especie de ilusión óptica. El inconsciente no conoce ni los objetos externos ni las circunstancias actuales. Vive en las huellas de su memoria estructural y dinámica, limitadas a las vivencias uteroinfantiles y filogenéticas. Y nos hace vivir de repeticiones endógenas cuyos esquemas están programados desde la represión de Edipo-castración. La experiencia tiende por otra parte a mostrar que únicamente el trabajo de los sueños, seleccionando y activando/desactivando las vivencias y deseos inconscientes, puede verdaderamente cebar/descebar la conflictiva profunda.

Sin embargo, el inconsciente infiltra al preconsciente con sus vivencias interiorizadas y con sus deseos reprimidos que se imponen desde entonces al yo como una actualidad vehemente. Si el yo siente su integridad amenazada por esta irrupción, permanece a pesar de todo incapaz de impedir el retorno de lo reprimido cuya fuente está fuera de su alcance; sólo puede movilizar el sistema pulsional para defenderse dentro de sus paredes. Desde entonces, las lejanas incompatibilidades uteroinfantiles y filogenéticas toman importancia y se deforman monstruosamente para proyectarse sobre la escena actual y generar los conflictos individuales y sociales del adulto. En este implacable determinismo inconsciente, el micropsicoanálisis también le deja sin embargo
un sitio al azar. ¿Y no es cierto que a veces algunos azares, como atractivos extraños, hacen bascular el destino de una vida?

 


 

 

 

 

 

 


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